La valentía del
cobarde

No recordaba que el Whisky supiera tan fuerte. Y menos
aún después de haber reposado unos cinco minutos con tres cubitos de hielo. A
pesar de todo, Ramiro acarició el borde del vaso con la yema del dedo y la
sostuvo unos segundos al trasluz. Después de estabilizarla, apoyó ligeramente
los labios sobre ésta y sorbió con toda la elegancia que su desatendido bigote
le dejó. Adoraba la reconciliadora embriaguez del alcohol, la calidez de su
estómago al recibirlo y la imagen de seductor que mostraba con la copa. Era
cierto que sus vaqueros gastados y su chaqueta raída no ayudaban, pero Ramiro
era de esos tipos que siempre tienen tres palabras bonitas para las mujeres que
las merecen.
Así conquistó a Lola, su actual pareja. Era una mujer
buena, que se esforzaba con las tareas de casa. Pese haber perdido parte de su
esbeltez, a sus cuarenta años aún conservaba una mirada sugerente y mantenía
unos pechos firmes. El único aspecto negativo es que le encantaba sacar de
quicio a Ramiro…”Si me buscas me encontrarás, mujer”, le solía decir éste. En
ocasiones, sus discusiones llegaban a las manos y el shock de un momento tan
tenso se había tornado rutinario. Pese a todo, Ramiro estaba convencido de
querer a Lola con toda su alma y sabía que no podía estar sin ella. También
sabía que ella tampoco podría estar sin él, necesitaba sus frases
reconfortantes, sus acertados consejos, su inestimable protección... ¿Quién la
iba a querer tanto cómo él?
Por eso, Ramiro se propuso hacer bien las cosas. Esa
noche iría con la mejor de las intenciones a la casa, cenarían juntos viendo el
partido de las diez, recogerían todo (algo que ella no se cansaba de insistir)
y después harían varias veces el amor. Tal vez Lola estuviera algo quisquillosa
haciendo preguntas, pero Ramiro estaría dispuesto a aguantar las impertinencias
por el bien de su relación. La llamaría Lulu, como tanto le gustaba a ella. Un
mar de pensamientos optimistas se atropellaban en su mente. Los vislumbraba a
ambos en el catre mientras ella le agradecía su generosa dedicación en sus quehaceres.
Se moría de ganas por compartir su alegría. Por supuesto, no le confesaría su
pequeño desliz con Tamara, la hermana de Tomás, el dueño del bar. Sólo habían
yacido en dos ocasiones y, con los nervios, él apenas había disfrutado. Ella se
había mostrado, por algún motivo, demasiado insistente y un hombre, sea cual
sea, tiene sus debilidades. No ayudaría en nada contarlo. “¿Acaso no es
suficiente arrepentimiento intentar dar una inyección de ilusión a esta
relación? Todos cometemos errores, ¿No me merezco una segunda oportunidad? Pues
ya está, hombre” se dijo para sí.
Ramiro apuró un buen trago y puso un billete de diez
euros sobre la barra para pagar la copa, y las dos anteriores. Descendió del
taburete al suelo y durante unos segundos trató de encontrar estabilidad.
Cuando se vio con la voluntad necesaria, dedicó una amplia sonrisa a Tomás y
salió del bar. El frío de la calle le envolvió rápidamente y éste se encogió en
la piel de borrego del cuello de su indecorosa chaqueta. Con un gesto casi
automático, se llevó un cigarrillo a la boca y lo prendió. “Maldita ley
antitabaco”, pensó para sí. Y, tras la primera bocanada de humo, tomó rumbo
hacia su casa con la mejor de las intenciones.
Todo tenía que salir perfecto. Sorprendentemente, Ramiro se sentía algo nervioso. Sin darse
cuenta, se había acabado el pitillo en apenas cuatro calles. Se había olvidado
incluso del frío. No se giraba para ver el trasero de las chicas atractivas que
se le cruzaban.”Para que luego digan que el amor no es físico” pensó con guasa.
Cada vez quedaba menos. Cuando por fin enfiló su calle vio la ventana de su
casa que daba al comedor iluminada. “¿El olor a estofado vendrá de ahí?...
¡Cómo quiero a mi Lola!” se decía para sí mientras apretaba el paso.
Abrió la vieja puerta del patio y se miró en el espejo
que había antes de llegar a las escaleras. La imagen que le devolvió el espejo
lo motivaba. Sus treintaicinco años estaban bien llevados. Tenía una mirada
intensa y el pelo alborotado le daba un aire informal. Bien mirado, tenía
cierto parecido al cantante de Coldplay. Pensó que aún era objeto de deseo de muchas
jovencitas que se topaban con él en el tren o en el casino. Siempre había
querido ser algo más alto, pero a partir de la treintena se empezó a aceptar un
poco más. Logró entender que si trataba bien a una mujer, ésta le devolvería
palabras amables y halagos desinteresados.
Volvió a recordar su importante propósito y comenzó a
subir las escaleras velozmente. Se alegró al comprobar que el delicioso olor a
estofado se intensificaba a medida que alcanzaba el cuarto piso, el suyo. “Qué
atenta es la Lola… ¿No será que quiere empezar a hacer las cosas bien ella
también?”. Sin embargo, al llegar al segundo la intensidad del olor
desapareció.
No pasaba nada. Ramiro se conformaba con las discretas
pechugas de pollo con patatas de siempre. De todos modos, algo se llevaría a la
boca y no era un buen momento para ponerse delicado con la cena. Introdujo la
llave en el bombín de la puerta y accionó el pestillo.
Entró y cerró bien.
El piso era pequeño y estaba a oscuras. Ramiro no había
concebido la opción de que Lola no estuviera en casa. Por suerte, una voz
proveniente del baño hizo que Ramiro se sintiera aliviado.
-Ramiro, ¿Eres tú?...
-Sí nena, ¿Cómo está mi Lulu?
Lola acababa de darse una ducha. Salió del baño cubierta
por una gruesa toalla marrón. Ramiro la encontró especialmente sensual y se
preguntó si pasar directamente a la cama sería una buena idea. No, no lo sería.
Debía hacer las cosas bien, tener tacto, ir poco a poco… “¿Qué quieres, acabar
como siempre?”.
-Estás preciosa cariño, vístete y vamos a cenar, el
partido está a punto de comenzar.
-No he preparado nada… Te dije la semana pasada que los
martes iba a empezar a ir a batuka y llegaría tarde. Además, no me has dejado
dinero esta mañana… ¿Qué quieres que compre?
-El día tres cobraré –respondió Ramiro señalando el
calendario y acordándose de los diez euros de las tres copas-. Voy bastante
pelado, no seas tan duro conmigo. Ven, dame un beso.
Ella se acercó poco a poco, vacilando. A Ramiro esa
prudencia le encantaba. Se sentía importante cuando le tenían tal respeto, eso
significaba que todo marchaba bien. Alguna vez había oído que en las parejas
era imprescindible eso mismo, el respeto. Por eso, en ese tipo de situaciones
notaba cierto bienestar. Finalmente, la besó, y notó sus delicados labios. Sacó
su lengua levemente y buscó la de ella, mientras con una mano posada en el
trasero la atraía hacia él delicadamente. “Contrólate”.
Haciendo un gran esfuerzo se separó de ella y la miró a
los ojos. Allí estaba plantada, tan indefensa, tan vulnerable. Con sus pequeños
ojos verdes que hablaban y su nariz puntiaguda dirigiéndose hacia él. Sus
labios aún seguían húmedos.
De repente, el teléfono sonó.
-Ya voy yo –se apresuró a decir Ramiro-. Mira a ver que
podemos llevarnos a la boca.
Sin embargo, Lola se quedó inmóvil donde estaba, en medio
del pasillo semidesnuda.
La voz que sonó era la de Inés, la mejor amiga de Lola.
Se podría decir, que Ramiro odiaba a Inés. Para él, era una entrometida que
parecía no cansarse de perturbar su relación. Se presentaba en casa con
demasiada asiduidad y siempre avisando tarde. A decir verdad, Inés no estaba de
acuerdo con que su mejor amiga compartiera su vida con Ramiro. Incluso había
tenido la remota idea de invitarla a vivir un tiempo a su casa.
Afortunadamente, Lola había entrado en razón y se había quedado en su hogar.
Pese a todo, Ramiro notaba que su chica tomaba en cuenta a Inés más de lo que
él deseaba, y eso solo podría traducirse en problemas futuros.
Tras un intercambio de formalismos Ramiro colgó. Dirigió
a Lola una mirada interrogadora, todo lo inocentemente que pudo. “Relájate,
Inés solo la habrá acompañado el primer día a bailar batuka, no quiere decir
que lo vaya a hacer siempre”.
-Me ha dicho Inés que ha ido contigo a bailar –dijo lo
más suavemente que pudo.
-Sí, ha venido. Se ha apuntado conmigo… Es para no ir
sola. El gimnasio es muy grande y no conozco a nadie. ¿Por qué no me has dejado
ponerme al teléfono?
-Sabes que no me gusta esa chica –el tono de voz, esta
vez, fue más grave.
“¿Por qué no puede entender que sufro cuando oigo hablar
de esa bruja? ¿La prefiere antes a ella que a mí? No puede ser, ¿Entonces?...
¿Disfruta viéndome jodido?”
-¿Ya estamos otra vez? ¡Es mi amiga Ramiro! ¡No te ha
hecho nada para que estés así con ella!
A Ramiro no le gustaba que le alzaran la voz. Alguna vez
que Lola lo había hecho, él la había empujado un poco, tampoco demasiado. Un
empujón era una llamada de atención. Después del suceso, todo había ido un poco
mejor.
-¡Esa guarra quiere que tú y yo no separemos! ¿Por qué no
quieres verlo? ¿Cuántas veces tengo que decirte que me escuches para que lo
hagas?
Ramiro se acercó a dos palmos y ella se tensó cogiéndose
fuertemente a la toalla.
-No vas a verla más… ¿Vale? Mira que hay chicas majas por
ahí y ¡Mira por donde! ¡Conviertes a la más impertinente y retorcida en tu
mejor amiguita!
-Estás loco… ¿Por qué me haces esto?
Lola dejaba entrever las primeras lágrimas. La impotencia
y decepción, en ese momento, eran líquidas y saladas. Pero Ramiro exigía tener certezas.
Intuyó como se iban a desenvolver los acontecimientos, pero no podía frenar. Se
sentía frustrado con la inocencia de Lola, con él, con su embriaguez, con el
dinero. Había olvidado por completo sus intenciones iniciales. Rápidamente se
prendía por dentro, como un horno de leña. La parte más bondadosa de su ser
como mucho le susurraba en la conciencia “no le dejes marca”.
“Me está jodiendo la vida. No puede hacer las cosas
fáciles… ¡No! ¡Tiene que complicarlo todo y sacar lo peor de mí! ¡Solo pido llegar
a casa y que no me den malas noticias!”
Lola agachó la mirada. Era evidente que el contexto era
demasiado duro para ella. Ramiro lo sabía, pero eso no arreglaba nada.
Necesitaba mostrarle lo enfadado que estaba. Así que la cogió por los hombros
firmemente y la zarandeó con nerviosismo.
-¡Es que me obligas a tratarte así! ¿No lo entiendes?
¿¡Me escuchas!?
La sacudida fue tan violenta que Lola tropezó con sus
propios pies y cayó, aunque no llegó a topar con el suelo. Ramiro la tenía
enganchada por el brazo.
“¡Podría estar con cualquiera y te elegí a ti! ¡No vales
para nada! ¡Ojalá te parecieras un poco a Tamara!”
-¡Suéltame! –gimió Lola-. ¡Esta vez sí, voy a llamar a la
policía!
-¡Estás tardando, asquerosa!
Ramiro la levantó forzosamente y la empujó junto a la
mesita del teléfono. Ella aterrizó en el suelo estrepitosamente, mientras que
la toalla que llevaba puesta se le cayó en el vuelo. Haciendo un esfuerzo considerable
logró ponerse bocarriba. Alargó el brazo y alcanzó el teléfono. Ramiro la
contemplaba lleno de ira.
“¿Se va a salir con la suya? ¿Lo voy a permitir? ¡Claro
que no!”
Entonces, con una violencia extrema, Ramiro la propinó
una patada en las piernas. Ella rodó sobre tierra gritando y retorciéndose de
dolor. Después le pegó otra, esta vez en la espalda, con lo que hizo que se
cortara de grito. Nunca había llegado hasta este punto.
-¡Te lo mereces! ¡Seguro que aprendes después de hoy!
¡Seguro!
“¡No te aguanto más! ¡Te odio! ¡Sal de mi vida!
Siguió golpeándola indiscriminadamente en el cuello, la
cara, las extremidades, las nalgas… hasta que el teléfono se le cayó de la
mano. Cuando paró, Ramiro se dio cuenta que estaba llorando. Muchas de las
luces de las ventanas de la finca de enfrente se habían encendido de repente.
Seguramente, Lola había gritado demasiado.
Una sensación de soledad le invadió. Su ardiente cólera
se tornó un sinsabor amargo. La culpabilidad comenzó a abrirse hueco en su
conciencia y comprendió que después de eso, nada volvería a ser lo mismo. Empezó
a respirar agitadamente y fue a apagar la luz del comedor para intentar
despistar a los vecinos con la proveniencia de tal escándalo.
“¿Qué te ha pasado? Otra vez no te has podido controlar…
¿Dónde vas a ir ahora? ¿Así es cómo se arreglan las cosas con tu pareja?...
Eres un miserable.”
Entonces, como si no fuera para tanto, Ramiro caminó
hacia Lola y se tumbó junto a ella. Había quedado tumbada de lado y el hombro
tenía una posición algo extraña. La pobre había llegado a marcar el 016, pero
no había conseguido apretar la tecla que accionaba la llamada. Ramiro no podía
asegurar que siguiera respirando, solo tenía fuerzas para abrazarla por detrás.
Se dio cuenta, así de pronto, que eso no era amor. O tal vez lo fuera, pero sin
saber practicarlo. El ruido en la calle cada vez era mayor. Cerró los ojos
fuertemente y recordó a Lola y a él en su primera cita, la primera caricia, la
primera vez que habían yacido, su primer viaje a Lisboa, la primera vez que
entraron en su nuevo piso, los primeros gritos, la primera bofetada.
“Eres un miserable, eres un miserable, eres un
miserable…”.
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