DECISIONES QUE NO DEBERÍA ASUMIR
Logré abrir algo los ojos, pero aún tardé unos segundos en aterrarme por ver
donde estaba. Me hallaba sentada en una silla metálica, en una habitación poco
iluminada por un cirio en una esquina, sobre una pequeña mesa medio rota. Las
paredes estaban hechas de madera y estaban manchadas por una sustancia que
parecía pegajosa, de color amarillento. Había una puerta metálica cerrada justo
enfrente de mí. El olor, allí dentro, era insoportable. Este era fuertemente agrio. Me
dio por mirar mi cuerpo. Toda mi ropa estaba sucia y rota, apenas aguantaría
puesta mucho más. Cuando me miré los pies, éstos estaban descalzos y esposados a
la silla, la cual estaba fijada en el suelo. De repente, me consumió el pánico y
comencé a temblar.
No recordaba cómo había llegado allí y deseé con todas mis fuerzas que fuera una
pesadilla. Me negué a creer que me estuviera pasando de verdad. Todo el escenario
era macabro. Me miré los brazos y observé pequeños cortes, parecían recientes, lo
que me puso aún más nerviosa. Intenté pensar, pero miles de pensamientos
descabellados se atropellaban en mi mente. ¿Qué demonios estaba haciendo allí?
Traté de recordar lo último que había hecho y dónde había estado. Me había
inyectado heroína con Javier en un descampado, a eso de las tres de la mañana.
Después habíamos caminado hasta las acequias, cerca del mercado de chatarra,
para reunirnos con Miguel. Hasta ese momento pude recordar, pero no sabía
cuánto tiempo había transcurrido. Me entraron ganas de gritar y llorar. Me intenté
poner de pie y me di cuenta de que hacía tiempo que no había comido. Tenía un
fuerte dolor de estómago que me dificultó incluso erguirme. Estaba también
mareada. No lo pude aguantar más, y comencé a llorar y a gritar todo lo que pude.
Maldije a quién me había puesto allí y lancé insultos contra esa puerta sorda. Sin
embargo, el primer rayo de esperanza apareció. Al ponerme de pie, logré ver una
llave encima de una mesa. Supuse que era la que abría las esposas y si me estiraba
llegaría a alcanzarla.
De modo que me estiré hasta tocar la mesa. Me quedaba menos de un palmo para
llegar a la llave, pero debía estirarme más. Mis débiles articulaciones comenzaron a crujir y noté un dolor punzante en ciertos puntos de mi cuerpo. Hice un último
esfuerzo y, sufriendo por mantenerme tanto tiempo estirada, logré conseguirla.
Efectivamente, la llave abría las esposas y me deshice de ellas estampándolas
contra la pared. Me seguían doliendo los hombros y los gemelos, y comprobé que
físicamente estaba hecha un desastre.
Comencé a moverme por la habitación. Estaba asustada, pero tenía que escapar de
allí. Me acerqué lentamente a la puerta y, una vez cerca de ella, intenté averiguar si
había alguien al otro lado. Un tenso silencio fue la respuesta a mi escucha. Con la
mano temblorosa, agarré el pomo y lo accioné lentamente. Asomé lentamente la
cabeza y comprobé que había un largo pasillo. Estaba mal iluminado y las paredes
estaban sucias por sustancias de diversos colores. Justo en frente de la puerta, en la
pared del pasillo, había una flecha dibujada en la pared, que me aconsejaba ir hacia
la derecha. ¿Sería una trampa? Pensé que ese alguien que había puesto eso, me
podría haber matado y no tomarse esa molestia. Si había hecho eso es porque
quería mostrarme algo. Mis nervios fueron intensificándose a medida que
caminaba por ese lóbrego corredero. Mis piernas temblaban, mis escasos dientes
tiritaban y mi respiración se entrecortaba por momentos. Al final, pude ver una
mesa. Me acerqué más y, para mi sorpresa, comprobé que en ésta únicamente
había un plato de plástico con unos cuántos frutos secos. El hambre que tenía me
impidió poner alguna pega, y comencé a devorarlos. A medida que iba comiendo,
me di cuenta de que estaban especialmente duros. Yo apenas tenía tres dientes (se
me empezaron a caer al tiempo de meterme de todo). Esto hizo que al masticar me
fuera lastimando poco a poco las encías, hasta el punto de sangrar. El dolor pasó de
ser de incómodo a insoportable en cuestión de segundos, así que paré de comer.
Volví a gritar, frustrada e impotente. Me comencé a pellizcar, a golpearme las
piernas y la cabeza, deseando despertar de ese mal sueño. Después de unos
minutos, me repuse y seguí andando. Doblé la esquina aterrorizada y comenzaba
otro pasillo, aún con peor aspecto que el de antes. Después de andar un par de
minutos apoyada en la pared con paso inseguro y tambaleándome, llegué a una
especie de báscula. Ésta era extraña, porque justo en frente de ésta colgaba de un
cordel una jeringuilla con un cartelito que ponía “heroína”. Era justo lo que
necesitaba, un buen chute. La jeringuilla estaba colocada a unos tres metros y me
era imposible alcanzarla. Sin saber qué hacer, me subí a la báscula y, rápidamente,
la jeringuilla bajó a unos cuarenta centímetros de mi mano. Estaba a punto de
alcanzarla, pero con mi peso no era suficiente. Una persona normal hubiera podido
conseguir bajar lo suficiente el objeto, pero mis ridículos cuarenta y cinco kilos me
impedían llegar a él con normalidad. Salté, pero cuando me despegué de la báscula
la jeringuilla volvió a subir hacia arriba velozmente, para volver a descender al
tiempo que caí. Lo que antes era terror se había convertido en una ansiedad
enfermiza. Mi instinto me invitó a pensar cómo podría cargar con más peso, y
rápidamente se me ocurrió cargar con la pequeña mesa que sostenía el plato con
los frutos secos. Corrí lo más rápido que pude y comprobé que, para mi desgracia,
la mesa estaba fijada al suelo. Traté de arrancarla, pero todo esfuerzo era inútil.
Comencé a sudar, el corazón me latía con fuerza y notaba que me iba a salir
disparado. Fui a la sala en la que me desperté, pero estaba cerrada. Por más golpes
que di, no conseguí abrirla. Imaginé que solo se podía abrir desde dentro. Volví
sobre mis pasos y, después de intentarlo unas cuantas veces más, seguí caminando
con los sentidos alerta.
Después de andar unos minutos por pasillos nauseabundos descubrí que cada vez
estaban menos iluminados. Me sobresalté ruidosamente al toparme con algunas
ratas, las cuales se quedaban fijas mirándome desde los laterales de la pared. Llegó
un punto, en el que, prácticamente, andaba en la oscuridad. De repente, me
encontré con una puerta, la cual no estaba cerrada del todo. Asomaba una tibia luz
en el interior y se escuchaban ruidos desde dentro. Había alguien ahí dentro. Me fui
acercando lentamente, intentado calmarme para silenciar mi respiración. No sabía
a que estaba dispuesta, ni de lo que sería capaz. Logré asomarme por la rendija de
la puerta y observé a alguien encapuchado viendo fotos. Casi me caigo hacia
adelante al comprobar que en esas fotos aparecía yo. Eran fotos tomadas diez o
doce años atrás, cuando aún no consumía drogas. Aparecía en una con mi madre en
un parque, otra con mi amiga Sonia en el parque de atracciones y otra con un viejo
ligue. Mi mente me trasladó, alejándome de aquella situación, a aquellos tiempos
en los que todo parecía funcionar. Era una muchacha despistada con un gran vacío
en mi interior. Recuerdo que era muy insegura, aún más que ahora. Parecía que
había pasado mucho más tiempo del que en verdad había transcurrido, drogada
pierdes la noción del tiempo. Era evidente que esa persona me estaba esperando ahí, de lo contrario no habría
señalizado el camino hasta su habitación. De modo, que agarré el pomo lentamente
y empujé la puerta. Ésta apenas chirrió, pero fue suficiente para que aquel
individuo se girara. Al hacerlo, comencé a retroceder incrédula. Tropecé con mis
propios pies y caí de espaldas al suelo. Aquella persona era yo. Iba con el pelo algo
más largo de lo que lo llevaba ahora, pero no cabía ninguna duda. Ella se esperaba
mi visita, así que no se sobresaltó. Me miraba seria, en silencio, directamente a los
ojos. Le pregunté con voz temblorosa quién era, qué se proponía hacer y por qué lo
hacía. No contestó. En vez de eso, se giró, agarró un objeto de una estantería y se
volvió a girar con una pistola. No me lo podía creer, estaba luchando contra mi
mente para intentar buscar un sentido a todas las incoherencias que me saturaban,
pero no encontraba ni una sola respuesta. Por primera vez, miré a mi alrededor. A
penas había dos muebles en el amplio habitáculo, una lámpara y algunos libros
apiñados en una esquina. Volví a mirarme a mí, asustada, suplicando que me
hablara. Entonces, ella me apuntó a la cabeza y se mantuvo unos instantes. Yo no
tenía fuerzas para levantarme, de hecho no tenía fuerzas para gritar ni llorar un
segundo más. Estaba derrotada, hundida, presa de un sinsentido abrumador que
me consumía desde el mismo momento en que desperté hacía un rato. Era el peor
mal sueño de todos, una película de terror donde yo era la protagonista. Me
encontraba enfrente de mí misma temblando como un flan. Sin más, mi otra yo,
que no apartaba la vista de mi rostro, derramó una lágrima. Ésta recorrió su mejilla
y acabó cayendo al suelo. Su rostro seguía impasible, sereno y seguro. Me dedicó
levemente una sonrisa, con mis finos labios. Y disparó.
