El fin del
aguante
Ignacio sirvió su vigésima tercera cerveza de
la mañana. Ya había encargado a Mari Paz hacer diez bocadillos y había puesto
tres “baqueritos” a tres valientes. El bar estaba hasta arriba. Unos cuantos
albañiles enérgicos charlaban fuera con sus cigarrillos. Dentro todas las mesas
estaban ocupadas. El ambiente general del establecimiento estaba lleno de
pequeños sub-ambientes, lleno de conversaciones triviales y de vital
importancia, pasionales y burocráticas, a mayor o a menor volumen, públicas y
clandestinas… En cualquier caso, se respiraba vida y chismorreo. Algunas veces
Ignacio envidiaba el no poder acercar más la oreja para enterarse más o incluso
participar en algún debate efervescente en el cual tenía algo que decir. Sin
embargo, sus años de experiencia le habían enseñado a mantenerse en sus asuntos
al otro lado de la barra.
Se encontraba abriendo una caja de leche
cuando Camilo abrió la gastada puerta de madera de la entrada y se sentó en un
taburete, no menos gastado. Éste gastaba un atuendo decente aunque algo
arrugado. Su rostro tenía una expresión apagada, sus ojos trasmitían cansancio
y sus movimientos eran lentos y suscitaban pesadez. A pesar de todo, forzó una
sonrisa a Ignacio.
-¿Una copita de vino podrá ser?
-Faltaría más. ¿Te pongo Borsao?
-Ese mismo.
Camilo esperaba el vaso con impaciencia.
Cualquiera que le estuviera mirando con un poco de atención podía apercibirse
de que el hombre había ido a beber. A pesar de todo, cuando Ignacio le sirvió,
Camilo inició una conversación sin apenas catar el vino.
-No me digas Ignacio lo bien que te va el
bar. Hay que decirlo todo, hombre. Buenos precios y buenas tapitas, éxito
asegurado ¿eh?
Entonces miró la televisión, encendida como
de costumbre, en frente suyo. El expresivo presentador del telediario hablaba
con efusividad de un partido.
-Y esperemos que nos dure, que uno trabaja
como un mulo para algo. Pero bueno, ya sabes cómo va esto, el día que esto
cierre quitaremos todos los cuadros y vendrá el siguiente.
-Ya te digo, con todo lo que has invertido en
este lugar. Dinero, tiempo, esfuerzo… esta es tu casa. Piensa en la vida que le
llevas dando durante todos estos años. Dime tú a mí quién te puede decir a ti
que te marches de aquí –dijo Camilo antes de beber un buen trago.
-Mira, yo te digo algo, nadie debería tener
derecho a quitarnos lo que hacemos nuestro. Dime tú donde se toman sus cafés de
por la mañana los trabajadores, donde almuerzan los albañiles, donde ven el
fútbol o pasan algunos el rato si no es aquí… ¿En el Ovidio? Por favor, ese no
sabe ni hacer una tortilla de patatas. Es ridículo. Sólo por la labor social
que hace este bar tendría que permanecer siempre aquí.
-Estoy contigo, ponme otro vasito anda.
-En fin, mira las modelos de Victoria Secret
–señaló Ignacio mirando a la tele-. ¡Cómo están las tías! Por cierto, ¿tú estás
ocupado con alguna? Date prisa, que te estás haciendo viejo y feo.
Camilo pegó una carcajada cómplice, dando a
entender que no tenía a nadie.
-Bueno, aún nada. Con la mujer esta que venía
antes por aquí al final nada. Le entró el remordimiento por engañar al marido.
Así que en esas estamos. Pero no te preocupes por mí, sé satisfacerme solo.
Ignacio se quedó mirándolo de reojo mientras
iba dibujando una animada sonrisa.
-¡Hombre, yo también! ¡No te jode!
Camilo mantuvo la mirada en la barra y no
compartió la efusividad de Ignacio. Sin embargo, no se expresó ni dijo nada más
al respecto. En lugar de eso se bebió todo el contenido del vaso.
En ese momento apareció en las noticias la
desaparición de Marta, una joven de dieciséis años. Nadie sabía nada de ella
desde hacía treinta y nueve días. El padre acudía de vez en cuando al bar de
Ignacio para vomitar toda la rabia e impotencia que tenía en su interior. Esto
hizo que Ignacio viviera esa desaparición como algo personal, ya que, además, él
tenía una hija, Clara, de esa misma edad.
-Otro día más. Me quitan a mi hija y me
vuelvo loco… Pobre Miguel, lo que está padeciendo. ¡Qué cobarde hay que ser
para hacer eso a un ser tan vulnerable!
-Qué catástrofe… y con lo guapa que es la
niña. Si tuviera yo una hija andaría con mucho ojo con ella. Luego dicen que si
las protegen demasiado…
Ignacio no compartía la opinión de Camilo.
-Bueno, con dieciséis años ya tienes dos
dedos de frente. Yo conozco a Miguel y es un buen padre, lo que pasa es que
también la gente joven pide su espacio. Y si algún cabrón se propone hacer esta
mierda, lo va a hacer antes o después…
-A mi hija le daría consejos y todo eso,
Ignacio –insistía Camilo. –Hay clases de defensa personal básica.
Ignacio empezó a cabrearse ante la falta de
sentido común de su acompañante.
-No digas tonterías, joder. ¿Me estás
diciendo que Miguel es el responsable de esto o qué? ¿Qué estás diciendo? Yo a
mi hija no la he apuntado a ninguna clase de esas, ¿estoy siendo mal padre? Es
muy fácil decir eso cuando no se puede tener hija y no puedes demostrarlo.
Al momento de decir esto, Ignacio supo que se
había traspasado. Intentó disculparse rápidamente.
-¡Joder! Discúlpame, pero…
-No, tienes razón. No pasa nada, lo superé
hace tiempo- aseguró Camilo mientras señalaba otra copa.
En ese momento Miguel entró en el bar. De
repente, bajó el volumen de las mesas y se escucharon algunos murmullos.
Ignacio salió de la barra y le colocó la mano en el hombro.
-¿Cómo estás? ¿Se sabe algo más?
Miguel mostraba un rostro demacrado. Los ojos
estaban hinchados y enrojecidos de llorar, llevaba una barba larga y
descuidada, y sus arrugas se acentuaban con fuerza. Parecía que para él habían
pasado diez años en esos treinta y nueve días. Bajo el brazo tenía un montón de
fotocopias con la cara de su hija con un pequeño texto debajo.
-Están interrogando a los vecinos de la Calle
de la Paz. Poco más. Ponme un café, haz
el favor.
-Ahora mismo, Miguel.
Ignacio prensó el café y lo encajó en la
máquina. Un caliente y oloroso café bañó la pequeña taza que aguardaba
impaciente. Poco a poco, el barullo ambiental recobró su volumen habitual.
-¿Quieres hablar? –preguntó Ignacio al
servirle.
Miguel dirigió su mirada cansada lentamente
hacia él. Intentó simular comprensión, pero su lenguaje corporal gritaba que lo
dejaran en paz, que había ido a allí para aislarse. El espabilado camarero se
percató rápido. Aunque no pudiera parecerlo, con este asunto tan turbio se
habían hecho buenos amigos. Que ambos tuvieran una hija de la misma edad era
suficiente motivo para serlo.
Mientras, Camilo mantenía la vista en el
espejo. Apretaba la mandíbula, la embriaguez de vino le gustaba tanto como le
repudiaba. Por un lado, le producía un delicado bienestar, una flotabilidad
acompañada de un cosquilleo que lo mantenía lúcido. Sin embargo, le hacía
pensar demasiado.
En ese momento, volvieron a poner en la
televisión noticias de Marta. Ignacio dudó entre cambiar de canal o dejarlo.
Optó por hacerse el sordo.
-Con lo buena que era… -dijo Miguel entre
dientes mirando a la barra. –Con el corazón que tenía, que a todo el mundo le
caía bien…
El afligido camarero escuchaba en silencio
mientras limpiaba unas tacillas de espaldas a la barra. Miguel parecía que
hablaba para sí mismo.
-¿Por qué, Dios mío? ¡Qué injusta es esta
vida perra! ¡Que se me lleven a mí y me entierren! Pero a mi Marta que la dejen
en paz… Tiene que vivir tantas cosas aún... ¿Cómo pueden decir que hay alguien
allí arriba? ¡Cómo puede existir tanto dolor!
Mientras, Camilo bebía y bebía. Ignacio se
dio la vuelta y observó que tenía los ojos llorosos. Desde luego, la historia
de Miguel y su hija te rompía en mil pedazos el corazón. Daban ganas de salir
corriendo a la calle y levantar hasta la última piedra para encontrarla.
En ese momento, Camilo avisó con la cabeza a
Ignacio. Sin lugar a dudas, había bebido mucho vino. Los pocos movimientos que
hacía eran torpes y vacilantes. Pese a todo, su mirada conservaba una extraña
convicción e intensidad.
-Ignacio, tengo que decirte algo. No puedo
aguantar más –dijo convirtiendo sus palabras en un llanto silencioso.
-Se acabó el Borsao, que hay que ver las que
pillas Camilito –respondió el camarero sorprendido por el drama que arrastraba
su acompañante.
Justo en ese momento, una reportera informó
que había novedades acerca del caso de Marta. La mayor parte del bar se volvió
al televisor y se creó un momento de expectación. Ignació subió el volumen del
televisor.
“…Según
informan los investigadores del caso, hay un testigo que afirma haber visto a
Marta Abellán, la joven desaparecida desde hace algo más de un mes, acompañada
de otra mujer en las afueras de la ciudad. Según informa el testigo, el perfil
de esta chica adolescente encaja con las imágenes de la desaparecida…”.
Camilo interrumpió silenciosamente a Ignacio
reclamando su atención.
-Espera un segundo Camilo, que no me entero.
“En
estos momentos, la policía está tras la búsqueda de la sospechosa. Iremos informando
a medida que nos vaya llegando la información”.
Miguel se había limitado a mantener fija la
mirada en el televisor, con gesto derrotado e inexpresivo. Por lo visto, todo
le sonaba a lo mismo. Era la viva imagen de un hombre agotado y sin esperanza.
Se disponía a levantarse para pagar cuando
Camilo dio un golpe sobre la barra que montó tal estruendo que hizo enmudecer a
todo el bar. Ignacio, movido por el sobresalto, exclamó:
-¿Pero qué cojones estás haciendo? ¡Se te va
la puta cabeza!
Camilo, con los ojos rojos, con una mano en
el bolsillo y mirando fijamente a Miguel dijo:
-Calle de Santa Teresa, número 10, puerta 4,
habitación de la derecha.
Miguel comenzó a mirarlo lentamente. El bar
estaba totalmente mudo. Camilo sacó disimuladamente una pistola UPS del calibre
46 y la colocó en su sien.
- Calle
de Santa Teresa, número 10, puerta 4, habitación de la derecha. Aún está viva.
Sin más, un estruendoso disparo resonó en el
bar de Ignacio ante los gritos de pánico del personal. Mari Paz, que en ese momento
salía con su undécimo bocadillo de la mañana, quedó completamente salpicada por
la sangre de aquel borracho.
