dimarts, 18 d’agost del 2015

El fin del aguante


Ignacio sirvió su vigésima tercera cerveza de la mañana. Ya había encargado a Mari Paz hacer diez bocadillos y había puesto tres “baqueritos” a tres valientes. El bar estaba hasta arriba. Unos cuantos albañiles enérgicos charlaban fuera con sus cigarrillos. Dentro todas las mesas estaban ocupadas. El ambiente general del establecimiento estaba lleno de pequeños sub-ambientes, lleno de conversaciones triviales y de vital importancia, pasionales y burocráticas, a mayor o a menor volumen, públicas y clandestinas… En cualquier caso, se respiraba vida y chismorreo. Algunas veces Ignacio envidiaba el no poder acercar más la oreja para enterarse más o incluso participar en algún debate efervescente en el cual tenía algo que decir. Sin embargo, sus años de experiencia le habían enseñado a mantenerse en sus asuntos al otro lado de la barra.
Se encontraba abriendo una caja de leche cuando Camilo abrió la gastada puerta de madera de la entrada y se sentó en un taburete, no menos gastado. Éste gastaba un atuendo decente aunque algo arrugado. Su rostro tenía una expresión apagada, sus ojos trasmitían cansancio y sus movimientos eran lentos y suscitaban pesadez. A pesar de todo, forzó una sonrisa a Ignacio.
-¿Una copita de vino podrá ser?
-Faltaría más. ¿Te pongo Borsao?
-Ese mismo.
Camilo esperaba el vaso con impaciencia. Cualquiera que le estuviera mirando con un poco de atención podía apercibirse de que el hombre había ido a beber. A pesar de todo, cuando Ignacio le sirvió, Camilo inició una conversación sin apenas catar el vino.
-No me digas Ignacio lo bien que te va el bar. Hay que decirlo todo, hombre. Buenos precios y buenas tapitas, éxito asegurado ¿eh?
Entonces miró la televisión, encendida como de costumbre, en frente suyo. El expresivo presentador del telediario hablaba con efusividad de un partido.
-Y esperemos que nos dure, que uno trabaja como un mulo para algo. Pero bueno, ya sabes cómo va esto, el día que esto cierre quitaremos todos los cuadros y vendrá el siguiente.
-Ya te digo, con todo lo que has invertido en este lugar. Dinero, tiempo, esfuerzo… esta es tu casa. Piensa en la vida que le llevas dando durante todos estos años. Dime tú a mí quién te puede decir a ti que te marches de aquí –dijo Camilo antes de beber un buen trago.
-Mira, yo te digo algo, nadie debería tener derecho a quitarnos lo que hacemos nuestro. Dime tú donde se toman sus cafés de por la mañana los trabajadores, donde almuerzan los albañiles, donde ven el fútbol o pasan algunos el rato si no es aquí… ¿En el Ovidio? Por favor, ese no sabe ni hacer una tortilla de patatas. Es ridículo. Sólo por la labor social que hace este bar tendría que permanecer siempre aquí.
-Estoy contigo, ponme otro vasito anda.
-En fin, mira las modelos de Victoria Secret –señaló Ignacio mirando a la tele-. ¡Cómo están las tías! Por cierto, ¿tú estás ocupado con alguna? Date prisa, que te estás haciendo viejo y feo.
Camilo pegó una carcajada cómplice, dando a entender que no tenía a nadie.
-Bueno, aún nada. Con la mujer esta que venía antes por aquí al final nada. Le entró el remordimiento por engañar al marido. Así que en esas estamos. Pero no te preocupes por mí, sé satisfacerme solo.
Ignacio se quedó mirándolo de reojo mientras iba dibujando una animada sonrisa.
-¡Hombre, yo también! ¡No te jode!
Camilo mantuvo la mirada en la barra y no compartió la efusividad de Ignacio. Sin embargo, no se expresó ni dijo nada más al respecto. En lugar de eso se bebió todo el contenido del vaso.
En ese momento apareció en las noticias la desaparición de Marta, una joven de dieciséis años. Nadie sabía nada de ella desde hacía treinta y nueve días. El padre acudía de vez en cuando al bar de Ignacio para vomitar toda la rabia e impotencia que tenía en su interior. Esto hizo que Ignacio viviera esa desaparición como algo personal, ya que, además, él tenía una hija, Clara, de esa misma edad.
-Otro día más. Me quitan a mi hija y me vuelvo loco… Pobre Miguel, lo que está padeciendo. ¡Qué cobarde hay que ser para hacer eso a un ser tan vulnerable!
-Qué catástrofe… y con lo guapa que es la niña. Si tuviera yo una hija andaría con mucho ojo con ella. Luego dicen que si las protegen demasiado…
Ignacio no compartía la opinión de Camilo.
-Bueno, con dieciséis años ya tienes dos dedos de frente. Yo conozco a Miguel y es un buen padre, lo que pasa es que también la gente joven pide su espacio. Y si algún cabrón se propone hacer esta mierda, lo va a hacer antes o después…
-A mi hija le daría consejos y todo eso, Ignacio –insistía Camilo. –Hay clases de defensa personal básica.
Ignacio empezó a cabrearse ante la falta de sentido común de su acompañante.
-No digas tonterías, joder. ¿Me estás diciendo que Miguel es el responsable de esto o qué? ¿Qué estás diciendo? Yo a mi hija no la he apuntado a ninguna clase de esas, ¿estoy siendo mal padre? Es muy fácil decir eso cuando no se puede tener hija y no puedes demostrarlo.
Al momento de decir esto, Ignacio supo que se había traspasado. Intentó disculparse rápidamente.
-¡Joder! Discúlpame, pero…
-No, tienes razón. No pasa nada, lo superé hace tiempo- aseguró Camilo mientras señalaba otra copa.
En ese momento Miguel entró en el bar. De repente, bajó el volumen de las mesas y se escucharon algunos murmullos. Ignacio salió de la barra y le colocó la mano en el hombro.
-¿Cómo estás? ¿Se sabe algo más?
Miguel mostraba un rostro demacrado. Los ojos estaban hinchados y enrojecidos de llorar, llevaba una barba larga y descuidada, y sus arrugas se acentuaban con fuerza. Parecía que para él habían pasado diez años en esos treinta y nueve días. Bajo el brazo tenía un montón de fotocopias con la cara de su hija con un pequeño texto debajo.
-Están interrogando a los vecinos de la Calle de la Paz. Poco más. Ponme  un café, haz el favor.
-Ahora mismo, Miguel.
Ignacio prensó el café y lo encajó en la máquina. Un caliente y oloroso café bañó la pequeña taza que aguardaba impaciente. Poco a poco, el barullo ambiental recobró su volumen habitual.
-¿Quieres hablar? –preguntó Ignacio al servirle.
Miguel dirigió su mirada cansada lentamente hacia él. Intentó simular comprensión, pero su lenguaje corporal gritaba que lo dejaran en paz, que había ido a allí para aislarse. El espabilado camarero se percató rápido. Aunque no pudiera parecerlo, con este asunto tan turbio se habían hecho buenos amigos. Que ambos tuvieran una hija de la misma edad era suficiente motivo para serlo.
Mientras, Camilo mantenía la vista en el espejo. Apretaba la mandíbula, la embriaguez de vino le gustaba tanto como le repudiaba. Por un lado, le producía un delicado bienestar, una flotabilidad acompañada de un cosquilleo que lo mantenía lúcido. Sin embargo, le hacía pensar demasiado.
En ese momento, volvieron a poner en la televisión noticias de Marta. Ignacio dudó entre cambiar de canal o dejarlo. Optó por hacerse el sordo.
-Con lo buena que era… -dijo Miguel entre dientes mirando a la barra. –Con el corazón que tenía, que a todo el mundo le caía bien…
El afligido camarero escuchaba en silencio mientras limpiaba unas tacillas de espaldas a la barra. Miguel parecía que hablaba para sí mismo.
-¿Por qué, Dios mío? ¡Qué injusta es esta vida perra! ¡Que se me lleven a mí y me entierren! Pero a mi Marta que la dejen en paz… Tiene que vivir tantas cosas aún... ¿Cómo pueden decir que hay alguien allí arriba? ¡Cómo puede existir tanto dolor!
Mientras, Camilo bebía y bebía. Ignacio se dio la vuelta y observó que tenía los ojos llorosos. Desde luego, la historia de Miguel y su hija te rompía en mil pedazos el corazón. Daban ganas de salir corriendo a la calle y levantar hasta la última piedra para encontrarla.
En ese momento, Camilo avisó con la cabeza a Ignacio. Sin lugar a dudas, había bebido mucho vino. Los pocos movimientos que hacía eran torpes y vacilantes. Pese a todo, su mirada conservaba una extraña convicción e intensidad.
-Ignacio, tengo que decirte algo. No puedo aguantar más –dijo convirtiendo sus palabras en un llanto silencioso.
-Se acabó el Borsao, que hay que ver las que pillas Camilito –respondió el camarero sorprendido por el drama que arrastraba su acompañante.
Justo en ese momento, una reportera informó que había novedades acerca del caso de Marta. La mayor parte del bar se volvió al televisor y se creó un momento de expectación. Ignació subió el volumen del televisor.
“…Según informan los investigadores del caso, hay un testigo que afirma haber visto a Marta Abellán, la joven desaparecida desde hace algo más de un mes, acompañada de otra mujer en las afueras de la ciudad. Según informa el testigo, el perfil de esta chica adolescente encaja con las imágenes de la desaparecida…”.
Camilo interrumpió silenciosamente a Ignacio reclamando su atención.
-Espera un segundo Camilo, que no me entero.
En estos momentos, la policía está tras la búsqueda de la sospechosa. Iremos informando a medida que nos vaya llegando la información”.
Miguel se había limitado a mantener fija la mirada en el televisor, con gesto derrotado e inexpresivo. Por lo visto, todo le sonaba a lo mismo. Era la viva imagen de un hombre agotado y sin esperanza.
Se disponía a levantarse para pagar cuando Camilo dio un golpe sobre la barra que montó tal estruendo que hizo enmudecer a todo el bar. Ignacio, movido por el sobresalto, exclamó:
-¿Pero qué cojones estás haciendo? ¡Se te va la puta cabeza!
Camilo, con los ojos rojos, con una mano en el bolsillo y mirando fijamente a Miguel dijo:
-Calle de Santa Teresa, número 10, puerta 4, habitación de la derecha.
Miguel comenzó a mirarlo lentamente. El bar estaba totalmente mudo. Camilo sacó disimuladamente una pistola UPS del calibre 46 y la colocó en su sien.
- Calle de Santa Teresa, número 10, puerta 4, habitación de la derecha. Aún está viva.

Sin más, un estruendoso disparo resonó en el bar de Ignacio ante los gritos de pánico del personal. Mari Paz, que en ese momento salía con su undécimo bocadillo de la mañana, quedó completamente salpicada por la sangre de aquel borracho.

divendres, 7 d’agost del 2015

 Yo, me, mi





Enrique no supo cuando iba a volver a casa, así que comenzó a meterse de todo en la mochila: cacahuetes, sándwiches preparados, plátanos, manzanas y un trozo de pizza de la noche anterior, envuelto en papel de plata. Se lavó la cara y luego se echó esa crema exfoliante, que parecía no ayudar a evitar que su nariz dejara de tener puntitos negros, pero le hacía sentirse guapo de buena mañana. Contempló un segundo su pequeño apartamento. Observó que estaba especialmente desordenado y sucio, incluso más que de costumbre. De repente miró el reloj, si no se apuraba perdería el autobús de y cuarto. Comprobó que llevaba suficiente dinero y salió de casa de un portazo. Bajó las escaleras de tres en tres, aún con la tostada en la garganta. Se cruzó de pasada con la señora Cintia.

-Buenos días, Enrique. Voy a ver si compro unas acelgas y zanahorias, que voy a hacer un hervidito para comer. 


-Discúlpeme, señora Cintia, pero llevo mucha prisa –y aceleré el paso, mientras me pareció escuchar el sonido del autobús a punto de doblar la esquina. 


Mi forma física se había ido deteriorando lenta y dolorosamente ante la falta de tiempo y ganas de hacer cualquier ejercicio físico. Me gustaba pensar que era por el tiempo, más que por las ganas. Mi trabajo de comercial para una empresa de productos electrónicos me exigía mucha dedicación durante todo el día. Persuadir compradores potenciales (así llamamos en el gremio a los clientes con los que es posible realizar grandes transacciones), realizar innumerables visitas y cerrar tratos consumían gran parte de mi energía, de modo que al llegar a mi piso, ya caída la tarde, apenas podía meter una pizza precocinada en el horno. 


A pesar de mis limitaciones físicas, logré unirme a tiempo al grupo de personas que esperaban impacientes en la parada. Pagué mi billete y, dado que apenas había un par de asientos al lado de un fiestero que volvía a casa y un indigente y solo tardaría quince minutos en llegar, me apoyé en el reposabrazos junto a la ventana. Por desgracia, me vio un compañero de la empresa que me caía fatal, Tomás, el cual me saludó ruidosamente. Era el típico chulo que no tenía ningún talento especial. Él mismo se sobrevaloraba y la prepotencia que desprendía me ponía nervioso. Por algún extraño motivo, parecía que yo le caía bien, y no dudaba en acercarse a mí para contarme sus aburridas e incoherentes historias. Tal vez por algo de esto, no lograba mantener un nivel de ventas aceptable (lo cual hacía que, maléficamente, me hiciera sentir bien) y se mantenía en la empresa, simple y llanamente, porque el jefe era íntimo amigo de su padre. 


-Hace una buena mañana ¿eh? –comenzó diciéndome, aún en voz alta -. Es una mierda que tengamos que estar entre cuatro paredes. Pero bueno, con un poco de suerte conseguiré tener que ir a visitar a un cliente. 


-Yo deseo cerrar un acuerdo con los cines Delta –dije sin poder evitar el tono de regodeo. 


-A mí me ha fallado a última hora uno que tenía prácticamente cerrado. Te lo juro, el tío se echó para atrás porque los teléfonos Sony que pedía no los tenían en rojo… Cuando me lo dijo no me lo pude creer. 


Yo estaba mirando por la ventana, sin esforzarme demasiado en que Tomás se diera cuenta de que no me importaba demasiado lo que me contaba. 


Por fin llegamos al lugar de trabajo, un imponente edificio de trece alturas con cristales metalizados. Afortunadamente, la parada del autobús en la que nos dejaban estaba prácticamente en la entrada, así que di rápidamente esquinazo al pesado de Tomás. Tomé el ascensor y, al entrar, me topé con Yolanda, una encantadora dependienta que me había rechazado por lo menos diez veces. Su trasero traía locos a todo el edificio. En ese momento, intenté mirarme disimuladamente para comprobar si daba un aspecto decente. 


-Hola Yolanda, otro día más aquí –dije mientras le dirigía una sonrisa. 


Ella me sonrió y miró a la puerta del ascensor. 


-Espero que se pase rápido. Hoy me he levantado con algo de dolor de cabeza – confesó. 


-Yo esta noche me daré un buen homenaje y cenaré en el restaurante d´Angelo – dije sin saber realmente si iba a ir. Supongo que intentaba dar a entender a Yolanda que solía hacer planes divertidos espontáneamente, y así llamar su atención. 


- A mí me encanta ir a cenar al chino, de vez en cuando. Miento, me encanta llamar a los chinos, que me traigan la comida a casa y ver la tele –y se rió descaradamente, con un gesto que parecía tener fuertemente automatizado. 


Al llegar a la quinta planta me bajé solo, no sin antes dedicar una sugerente mirada a Yolanda. En el fondo, sabía que nunca tendría nada con ella, pero tenía la rara manía de mostrarme disponible y dispuesto siempre que estaba a su lado. 


Ya había varios compañeros en la oficina y algunos me hicieron una señal con la mano a modo de saludo. De repente, comenzó a instalarse en mi cabeza el olor de cada día, ese turbio y denso olor a moqueta gastada. El primer día me pareció curioso, actualmente me costaba un mundo tolerarlo. Por si fuera poco, llegado el medio día la gente comenzaba a traspirar y era verdaderamente molesto compartir espacio con ese techo tan bajo. 


Durante el transcurso de la mañana mi estado de ánimo se fue trastocando. Mi cliente de los cines Delta recibió la noche anterior una suculenta oferta de otra compañía y, pese a mis intentos de rebaja, comencé a plantearme que, finalmente, acabara desechando mi oferta. Por si fuera poco, me derramé todo el café en los pantalones y tuve que soportar algunas bromas relacionadas con el aguante de mi vejiga. 


Bajé a comer con Ricardo, que tenía su escritorio enfrente del mío. A pesar de no acabar de conectar con los compañeros de la oficina, Ricardo siempre se mostraba correcto conmigo. Era de esas personas rectas que sólo piensan en hacer bien su trabajo y volver a su casa con la sensación del deber cumplido. Comimos, en la cafetería, unos macarrones con algunos trozos de carne que se dignaron a poner. 


-Mañana me han dado el día libre –aseguró Ricardo echándose la cerveza de la lata a un vaso de plástico. 


-Yo estoy quemado, colega. Un acuerdo que parecía cerrado está a punto de venirse abajo por la competencia. 


-Vaya. A mí me pasó algo parecido el mes pasado, aunque logré cerrarlo por pesado –dijo Ricardo con una leve sonrisa. 


-Joder tío, entre esto y lo de la semana pasada no acabo de atravesar el bache. Voy a ir a hacer una visitilla ¿sabes?, a ver si puedo conseguir salvarlo –dije mientras me levantaba acabándome mi Coca Cola desventada. 


-Yo iré a contactar con unos clientes al este de la ciudad. Suerte. 


Y nos fuimos, con la sensación de que cada vez nos gustaba menos nuestro trabajo. 


Cogí el sucio y gastado metro y en menos de veinte minutos me planté en el centro comercial. Los cines Delta eran bastante demandados por la zona, ya que, por lo visto, gozaban de cómodos asientos, amplias salas y grandes pantallas. Sobre estas últimas debía negociar con un tal Armando, el jefe de las salas. No me fue muy difícil encontrarlo, dado que se encontraba en la puerta principal fumando un cigarrillo con un guardia de seguridad. 


Traté de convencerlo de la calidad de nuestros productos, la profesionalidad de nuestros instaladores y de la seriedad de la empresa, en general. Nada sirvió. Armando me escuchó con atención y, con toda la educación del mundo, me explicó que ya había llegado a un acuerdo con la otra compañía y que ya estaban encargadas todas las pantallas que se precisaban. Me argumentó que nuestras pantallas no llegaban a la resolución de las otras, y que la relación de contrastes 100.000:1 machacaban los 20.000:1 de nuestras Pioneer. También me aseguró, seguramente por cumplir, que se pondría en contacto conmigo cuando necesitara alguna otra cosa. Le tendí la mano derrotado y me largué. 


De camino a casa, metido en el metro, comprobé que mi olor corporal era similar al que tanto criticaba de mis compañeros de trabajo. Mi camisa blanca estaba amarillenta por la parte de las axilas y no pude evitar el deseo de llegar rápidamente a casa. Estaba tan frustrado por el día que seguramente me fuera a la cama sin cenar. 


Por fin llegué al desgastado patio de mi edificio y entré. Llamé al ascensor y mientras bajaba, un hombrecillo, al que nunca había visto antes, entró también por la puerta del patio. Por tanto, subimos juntos. 


Mi acompañante rompió pronto el silencio de la pequeña estancia. 


-Le veo a usted muy decaído –comentó mirándome mientras me dirigía una simpática sonrisa. 


-No se equivoca. No se puede decir que haya tenido un buen día –aseguré mientras observaba los zapatos del hombrecillo. Rondaría los setenta años, pero se le veía en forma y feliz. Me fijé en que tenía un tatuaje de un barco en el brazo, algo disuelto entre las arrugas de la piel. 


-Pues debería usted animarse ¿sabe?, lo que hoy nos puede parecer tan dramático, en unos días serán recuerdos que podrá aprovechar para que no se repitan algunas cosas ¿Tiene familia? 


-Vivo solo. No tengo apenas tiempo para mí, así que para atender a una mujer ya ni le cuento –conforme pronuncié estas palabras me di cuenta de lo triste que estaba siendo mi vida. Vi, entonces, mi trabajo como una espiral negativa que anulaba otras cosas que podrían ser también importantes para mí. 


-Vaya, debe de tener un trabajo agotador… ¿Puedo preguntarle a qué se dedica? 


-Soy agente comercial para una empresa de productos electrónicos, en general. Hoy no he podido cerrar un acuerdo que nos iba a portar muchos beneficios. No hay nada que me fastidie más que trabajar al cliente, visitarlo, darle todas las facilidades, incluso que éste se muestre convencido y que se vaya todo al garete por una oferta similar de otra compañía. Encima te consuelan con la mentira de que te tendrán en cuenta para la próxima. ¡Qué morro que tienen! 


De repente, noté una sensación extraña y, lo mejor de todo, supe interpretarla. Era la primera vez en mucho tiempo (no sabría recordar desde cuándo) que se estaban interesando por mí. Estaba contando algo a alguien que sabía que le interesaba, no solo porque me lo hubiera preguntado, sino por sus muestras de interés aparentes. Era una sensación maravillosa, lo que estaba diciendo no caía en saco roto, calaba en alguien. Eso me hizo plantearme mis conversaciones de todo el día. 


Con la señora Cintia, de buena mañana, habíamos intercambiado unas frases hablando sólo de nosotros mismos, de nuestras intenciones. Con Tomás, Yolanda, Ricardo y Armando había pasado exactamente lo mismo. Mi discurso únicamente hablaba de mí, apenas tenía en cuenta lo que me contaban y lo peor de todo es que lo tenía totalmente asimilado como normal y podría pasarme la vida así, mirando sólo mi ombligo. Los pensamientos iban cobrando cada vez mayor magnitud. Tal vez por el egoísmo mío y el que me rodeaba no tenía pareja, tal vez el tiempo no fuera una excusa. Por eso quizá el piso estaba hecho un desastre, por eso con nadie me llevaba especialmente bien y no recibiera más que una camisa de regalo de Navidad de mis padres. Me entraron ganas de saber si Ricardo tenía hijos o si a Yolanda le gustaba el café para ir a tomar uno ¿En qué diablos había estado pensando? 


Casi habíamos llegado al quinto piso, cuando entendí que ese hombre, sin quererlo, me había abierto los ojos. El pobre contempló mi dilema interno y me preguntó si me encontraba bien apoyándose ligeramente en mi hombro. Todo tenía sentido, mi vida egoísta me había convertido a mí en el personaje principal, principalmente porque no había más personajes. 


Me volví hacia el pequeño hombrecillo y, sintiendo que el corazón me volvía a latir, dije con una sonrisa que no hacía falta disimular: 


-No se preocupe caballero, ahora con usted al lado me encuentro mucho mejor. Dígame, ¿Por qué se ha hecho ese tatuaje?

diumenge, 2 d’agost del 2015

Tus ojos, mis ojos


El maldito podenco marrón volvía a estar allí. Sentado y mirándome. Sin duda era un perro callejero, sucio y mojado, sin dueño, sin hogar, sin rumbo. ¿Cuántos años tendría? Ya estaba bien crecidito. Pero lo realmente impactante era su quietud, la intensa mirada que me dirigía. Parecía no importarle nada de su alrededor. No era una mirada de curiosidad, ni de miedo, ni de expectación. Ésta era serena y sincera, como si quisiera decirme algo pero supiera que nunca iba a poder hacerlo.
Este recuerdo me abordó durante toda mi infancia. Lo soñé todas las noches durante un buen tiempo y me levantaba por las mañanas con la misma sensación inquieta. Nunca se lo llegué a decir a nadie. Supongo que no encontraba nada de especial en contar a alguien que en sueños me miraba un perro. Actualmente, en ocasiones, me venían a la cabeza pensamientos del perro, de su mirada. Cuando lo pensaba profundamente retornaba a mi infancia. Eran instantes en los que esos ojos azules no se me quitaban de la cabeza, esas patas delanteras apoyadas en el asfalto mojado. En ocasiones exigía significado (¿podría ser algún familiar fallecido?) y en otras me obligaba a pensar en la absurdez de tal sinsentido.
Tenía en cosas mejores en las que pensar, entre otras cosas en Mónica, la chica a la que nunca me atrevía a confesarle que la amaba pero que al final se fijó en mí. Para resumiros rápido esa etapa de mi vida, conocí a Mónica en las clases de Salud Pública, por la Facultad de Enfermería. Yo atravesaba una etapa dura en la que no me valoraba y estaba planteándome cuestiones en mi vida que creía que ya tenía claras. En cualquier caso, estaba en una mala racha. Cuando Mónica se sentó casualmente a mi lado en clase me dio un vuelco el corazón y sentí que quería convertirla en una compañera inseparable. Al principio ella tenía pareja, pero lo dejaron a los meses y poco a poco me gané su confianza. Algo que me ha trastocado, para bien, en estos cinco años y poco de relación que llevo con ella es el hecho de vivir en una especie de nube cuando estoy con ella. Apenas hemos discutido, las confrontaciones han sido mínimas y, por si fuera poco, la convivencia nos sentó de maravilla. Es como si nos conociéramos con una profundidad alarmante y nuestra regulación interna se compatibilizara para crear siempre un ambiente agradable y sincero. Nunca me imaginé con tanta fortuna. Siento cada día un regalo por vivirlo junto a Mónica y, al ver que noto lo mismo en ella, me ilusiono todavía más. Es por ello que gran parte de mi energía, tiempo y atención se lo dedico a ella.
Ahora me encuentro saliendo de una pequeña tienda de moda. Mónica se ha comprado unos vaqueros oscuros apretados. No me gusta demasiado ir de compras. Uno de los motivos por los que la acompaño es para meterme en los probadores con ella y comérmela con los ojos. Ya en la salida, le doy las llaves a ella para que conduzca el Seat Leon que me compré hace un mes. Aún tiene la tontería del coche nuevo y pacté con ella que yo lo llevaba y ella lo traía a todos los sitios. Así que ella va a por el coche y yo, protegido de la lluvia bajo el toldo de la tienda, me quedo mirando mi teléfono móvil, en búsqueda de alguna llamada entrante de los instaladores del aire acondicionado, que tenían que venir mañana y tenemos que acordar la hora. Al comprobar que no ha llamado nadie y despegar la mirada del dispositivo miro una pequeña figura en la carretera, a unos quince metros de mí.
Veo a un podenco marrón completamente empapado, sentado. El animal clava sus ojos en mí y no los despega ni para preocuparse por el niño que se acerca alertando a su madre. La madre tranquiliza al crío, sólo es un perro abandonado. Después de ver la reacción de la pareja vuelvo a mirar al podenco. No hay duda, no estoy loco, ellos también lo ven. ¿Qué diablos está mirando? Los coches pasan a apenas un metro de él, pero sigue sin atender a su alrededor. Una fuerza mayor lo posee y le obliga a no descentrarse de su objetivo, yo. Es la misma jodida mirada del sueño. A pesar de estar en unas condiciones lastimosas mantiene su pequeña cabeza erguida y orgullosa. Sus ojos mantienen un brillo humano, suscitan algo especial, me emocionan. De repente, mueve ligeramente la cabeza hacia delante y se anima a dar un paso. Parece que quiere venir. Comienza a andar mientras parte del agua que tenía en el pelaje va cayendo rítmicamente. Está a punto de subir a la acera y…
Un Seat Leon lo golpea violentamente. Es Mónica. Mucha gente en la calle dirige su atención al lugar por el lastimoso grito producido por el perro. Éste queda tendido de lado, con lo que deja ver su acentuada delgadez. Mónica sale del coche asustada. Mira al perro y exclama algunas lamentaciones. No se atreve a tocarlo. Después mira el coche, está perfectamente, apenas se ha chocado con un saco de huesos. Me observa, ve que estoy petrificado y se acerca con cuidado. No entiende que me pasa, no sabe por qué me afecta tanto. Ni yo tampoco.
Posa sus manos en mi cara mirándome fijamente y suplica mi atención. No puedo despegar los ojos del podenco y ella no puede despegarlos de mí.
-¿Qué te pasa cariño? Amor mío, estás temblando.
Con un gesto instintivo me separo de ella bruscamente y continúo mirando al perro.

-No me toques. Mira a ver si sigue vivo…