Tus ojos, mis ojos

El maldito
podenco marrón volvía a estar allí. Sentado y mirándome. Sin duda era un perro
callejero, sucio y mojado, sin dueño, sin hogar, sin rumbo. ¿Cuántos años
tendría? Ya estaba bien crecidito. Pero lo realmente impactante era su quietud,
la intensa mirada que me dirigía. Parecía no importarle nada de su alrededor.
No era una mirada de curiosidad, ni de miedo, ni de expectación. Ésta era
serena y sincera, como si quisiera decirme algo pero supiera que nunca iba a
poder hacerlo.
Este
recuerdo me abordó durante toda mi infancia. Lo soñé todas las noches durante
un buen tiempo y me levantaba por las mañanas con la misma sensación inquieta. Nunca
se lo llegué a decir a nadie. Supongo que no encontraba nada de especial en
contar a alguien que en sueños me miraba un perro. Actualmente, en ocasiones,
me venían a la cabeza pensamientos del perro, de su mirada. Cuando lo pensaba
profundamente retornaba a mi infancia. Eran instantes en los que esos ojos azules
no se me quitaban de la cabeza, esas patas delanteras apoyadas en el asfalto
mojado. En ocasiones exigía significado (¿podría ser algún familiar fallecido?)
y en otras me obligaba a pensar en la absurdez de tal sinsentido.
Tenía en
cosas mejores en las que pensar, entre otras cosas en Mónica, la chica a la que
nunca me atrevía a confesarle que la amaba pero que al final se fijó en mí.
Para resumiros rápido esa etapa de mi vida, conocí a Mónica en las clases de
Salud Pública, por la Facultad de Enfermería. Yo atravesaba una etapa dura en
la que no me valoraba y estaba planteándome cuestiones en mi vida que creía que
ya tenía claras. En cualquier caso, estaba en una mala racha. Cuando Mónica se
sentó casualmente a mi lado en clase me dio un vuelco el corazón y sentí que
quería convertirla en una compañera inseparable. Al principio ella tenía
pareja, pero lo dejaron a los meses y poco a poco me gané su confianza. Algo
que me ha trastocado, para bien, en estos cinco años y poco de relación que
llevo con ella es el hecho de vivir en una especie de nube cuando estoy con
ella. Apenas hemos discutido, las confrontaciones han sido mínimas y, por si
fuera poco, la convivencia nos sentó de maravilla. Es como si nos conociéramos
con una profundidad alarmante y nuestra regulación interna se compatibilizara
para crear siempre un ambiente agradable y sincero. Nunca me imaginé con tanta
fortuna. Siento cada día un regalo por vivirlo junto a Mónica y, al ver que
noto lo mismo en ella, me ilusiono todavía más. Es por ello que gran parte de
mi energía, tiempo y atención se lo dedico a ella.
Ahora me
encuentro saliendo de una pequeña tienda de moda. Mónica se ha comprado unos
vaqueros oscuros apretados. No me gusta demasiado ir de compras. Uno de los
motivos por los que la acompaño es para meterme en los probadores con ella y
comérmela con los ojos. Ya en la salida, le doy las llaves a ella para que
conduzca el Seat Leon que me compré hace un mes. Aún tiene la tontería del
coche nuevo y pacté con ella que yo lo llevaba y ella lo traía a todos los
sitios. Así que ella va a por el coche y yo, protegido de la lluvia bajo el
toldo de la tienda, me quedo mirando mi teléfono móvil, en búsqueda de alguna
llamada entrante de los instaladores del aire acondicionado, que tenían que
venir mañana y tenemos que acordar la hora. Al comprobar que no ha llamado
nadie y despegar la mirada del dispositivo miro una pequeña figura en la
carretera, a unos quince metros de mí.
Veo a un
podenco marrón completamente empapado, sentado. El animal clava sus ojos en mí
y no los despega ni para preocuparse por el niño que se acerca alertando a su
madre. La madre tranquiliza al crío, sólo es un perro abandonado. Después de
ver la reacción de la pareja vuelvo a mirar al podenco. No hay duda, no estoy
loco, ellos también lo ven. ¿Qué diablos está mirando? Los coches pasan a
apenas un metro de él, pero sigue sin atender a su alrededor. Una fuerza mayor
lo posee y le obliga a no descentrarse de su objetivo, yo. Es la misma jodida
mirada del sueño. A pesar de estar en unas condiciones lastimosas mantiene su
pequeña cabeza erguida y orgullosa. Sus ojos mantienen un brillo humano,
suscitan algo especial, me emocionan. De repente, mueve ligeramente la cabeza
hacia delante y se anima a dar un paso. Parece que quiere venir. Comienza a
andar mientras parte del agua que tenía en el pelaje va cayendo rítmicamente.
Está a punto de subir a la acera y…
Un Seat Leon
lo golpea violentamente. Es Mónica. Mucha gente en la calle dirige su atención
al lugar por el lastimoso grito producido por el perro. Éste queda tendido de
lado, con lo que deja ver su acentuada delgadez. Mónica sale del coche
asustada. Mira al perro y exclama algunas lamentaciones. No se atreve a
tocarlo. Después mira el coche, está perfectamente, apenas se ha chocado con un
saco de huesos. Me observa, ve que estoy petrificado y se acerca con cuidado.
No entiende que me pasa, no sabe por qué me afecta tanto. Ni yo tampoco.
Posa sus
manos en mi cara mirándome fijamente y suplica mi atención. No puedo despegar
los ojos del podenco y ella no puede despegarlos de mí.
-¿Qué te
pasa cariño? Amor mío, estás temblando.
Con un gesto
instintivo me separo de ella bruscamente y continúo mirando al perro.
-No me
toques. Mira a ver si sigue vivo…
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