diumenge, 2 d’agost del 2015

Tus ojos, mis ojos


El maldito podenco marrón volvía a estar allí. Sentado y mirándome. Sin duda era un perro callejero, sucio y mojado, sin dueño, sin hogar, sin rumbo. ¿Cuántos años tendría? Ya estaba bien crecidito. Pero lo realmente impactante era su quietud, la intensa mirada que me dirigía. Parecía no importarle nada de su alrededor. No era una mirada de curiosidad, ni de miedo, ni de expectación. Ésta era serena y sincera, como si quisiera decirme algo pero supiera que nunca iba a poder hacerlo.
Este recuerdo me abordó durante toda mi infancia. Lo soñé todas las noches durante un buen tiempo y me levantaba por las mañanas con la misma sensación inquieta. Nunca se lo llegué a decir a nadie. Supongo que no encontraba nada de especial en contar a alguien que en sueños me miraba un perro. Actualmente, en ocasiones, me venían a la cabeza pensamientos del perro, de su mirada. Cuando lo pensaba profundamente retornaba a mi infancia. Eran instantes en los que esos ojos azules no se me quitaban de la cabeza, esas patas delanteras apoyadas en el asfalto mojado. En ocasiones exigía significado (¿podría ser algún familiar fallecido?) y en otras me obligaba a pensar en la absurdez de tal sinsentido.
Tenía en cosas mejores en las que pensar, entre otras cosas en Mónica, la chica a la que nunca me atrevía a confesarle que la amaba pero que al final se fijó en mí. Para resumiros rápido esa etapa de mi vida, conocí a Mónica en las clases de Salud Pública, por la Facultad de Enfermería. Yo atravesaba una etapa dura en la que no me valoraba y estaba planteándome cuestiones en mi vida que creía que ya tenía claras. En cualquier caso, estaba en una mala racha. Cuando Mónica se sentó casualmente a mi lado en clase me dio un vuelco el corazón y sentí que quería convertirla en una compañera inseparable. Al principio ella tenía pareja, pero lo dejaron a los meses y poco a poco me gané su confianza. Algo que me ha trastocado, para bien, en estos cinco años y poco de relación que llevo con ella es el hecho de vivir en una especie de nube cuando estoy con ella. Apenas hemos discutido, las confrontaciones han sido mínimas y, por si fuera poco, la convivencia nos sentó de maravilla. Es como si nos conociéramos con una profundidad alarmante y nuestra regulación interna se compatibilizara para crear siempre un ambiente agradable y sincero. Nunca me imaginé con tanta fortuna. Siento cada día un regalo por vivirlo junto a Mónica y, al ver que noto lo mismo en ella, me ilusiono todavía más. Es por ello que gran parte de mi energía, tiempo y atención se lo dedico a ella.
Ahora me encuentro saliendo de una pequeña tienda de moda. Mónica se ha comprado unos vaqueros oscuros apretados. No me gusta demasiado ir de compras. Uno de los motivos por los que la acompaño es para meterme en los probadores con ella y comérmela con los ojos. Ya en la salida, le doy las llaves a ella para que conduzca el Seat Leon que me compré hace un mes. Aún tiene la tontería del coche nuevo y pacté con ella que yo lo llevaba y ella lo traía a todos los sitios. Así que ella va a por el coche y yo, protegido de la lluvia bajo el toldo de la tienda, me quedo mirando mi teléfono móvil, en búsqueda de alguna llamada entrante de los instaladores del aire acondicionado, que tenían que venir mañana y tenemos que acordar la hora. Al comprobar que no ha llamado nadie y despegar la mirada del dispositivo miro una pequeña figura en la carretera, a unos quince metros de mí.
Veo a un podenco marrón completamente empapado, sentado. El animal clava sus ojos en mí y no los despega ni para preocuparse por el niño que se acerca alertando a su madre. La madre tranquiliza al crío, sólo es un perro abandonado. Después de ver la reacción de la pareja vuelvo a mirar al podenco. No hay duda, no estoy loco, ellos también lo ven. ¿Qué diablos está mirando? Los coches pasan a apenas un metro de él, pero sigue sin atender a su alrededor. Una fuerza mayor lo posee y le obliga a no descentrarse de su objetivo, yo. Es la misma jodida mirada del sueño. A pesar de estar en unas condiciones lastimosas mantiene su pequeña cabeza erguida y orgullosa. Sus ojos mantienen un brillo humano, suscitan algo especial, me emocionan. De repente, mueve ligeramente la cabeza hacia delante y se anima a dar un paso. Parece que quiere venir. Comienza a andar mientras parte del agua que tenía en el pelaje va cayendo rítmicamente. Está a punto de subir a la acera y…
Un Seat Leon lo golpea violentamente. Es Mónica. Mucha gente en la calle dirige su atención al lugar por el lastimoso grito producido por el perro. Éste queda tendido de lado, con lo que deja ver su acentuada delgadez. Mónica sale del coche asustada. Mira al perro y exclama algunas lamentaciones. No se atreve a tocarlo. Después mira el coche, está perfectamente, apenas se ha chocado con un saco de huesos. Me observa, ve que estoy petrificado y se acerca con cuidado. No entiende que me pasa, no sabe por qué me afecta tanto. Ni yo tampoco.
Posa sus manos en mi cara mirándome fijamente y suplica mi atención. No puedo despegar los ojos del podenco y ella no puede despegarlos de mí.
-¿Qué te pasa cariño? Amor mío, estás temblando.
Con un gesto instintivo me separo de ella bruscamente y continúo mirando al perro.

-No me toques. Mira a ver si sigue vivo…

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