dissabte, 26 de setembre del 2015


DECISIONES QUE NO DEBERÍA ASUMIR

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Logré abrir algo los ojos, pero aún tardé unos segundos en aterrarme por ver donde estaba. Me hallaba sentada en una silla metálica, en una habitación poco iluminada por un cirio en una esquina, sobre una pequeña mesa medio rota. Las paredes estaban hechas de madera y estaban manchadas por una sustancia que parecía pegajosa, de color amarillento. Había una puerta metálica cerrada justo enfrente de mí. El olor, allí dentro, era insoportable. Este era fuertemente agrio. Me dio por mirar mi cuerpo. Toda mi ropa estaba sucia y rota, apenas aguantaría puesta mucho más. Cuando me miré los pies, éstos estaban descalzos y esposados a la silla, la cual estaba fijada en el suelo. De repente, me consumió el pánico y comencé a temblar. 

No recordaba cómo había llegado allí y deseé con todas mis fuerzas que fuera una pesadilla. Me negué a creer que me estuviera pasando de verdad. Todo el escenario era macabro. Me miré los brazos y observé pequeños cortes, parecían recientes, lo que me puso aún más nerviosa. Intenté pensar, pero miles de pensamientos descabellados se atropellaban en mi mente. ¿Qué demonios estaba haciendo allí? Traté de recordar lo último que había hecho y dónde había estado. Me había inyectado heroína con Javier en un descampado, a eso de las tres de la mañana. Después habíamos caminado hasta las acequias, cerca del mercado de chatarra, para reunirnos con Miguel. Hasta ese momento pude recordar, pero no sabía cuánto tiempo había transcurrido. Me entraron ganas de gritar y llorar. Me intenté poner de pie y me di cuenta de que hacía tiempo que no había comido. Tenía un fuerte dolor de estómago que me dificultó incluso erguirme. Estaba también mareada. No lo pude aguantar más, y comencé a llorar y a gritar todo lo que pude. Maldije a quién me había puesto allí y lancé insultos contra esa puerta sorda. Sin embargo, el primer rayo de esperanza apareció. Al ponerme de pie, logré ver una llave encima de una mesa. Supuse que era la que abría las esposas y si me estiraba llegaría a alcanzarla. 

De modo que me estiré hasta tocar la mesa. Me quedaba menos de un palmo para llegar a la llave, pero debía estirarme más. Mis débiles articulaciones comenzaron a crujir y noté un dolor punzante en ciertos puntos de mi cuerpo. Hice un último esfuerzo y, sufriendo por mantenerme tanto tiempo estirada, logré conseguirla. Efectivamente, la llave abría las esposas y me deshice de ellas estampándolas contra la pared. Me seguían doliendo los hombros y los gemelos, y comprobé que físicamente estaba hecha un desastre. 

Comencé a moverme por la habitación. Estaba asustada, pero tenía que escapar de allí. Me acerqué lentamente a la puerta y, una vez cerca de ella, intenté averiguar si había alguien al otro lado. Un tenso silencio fue la respuesta a mi escucha. Con la mano temblorosa, agarré el pomo y lo accioné lentamente. Asomé lentamente la cabeza y comprobé que había un largo pasillo. Estaba mal iluminado y las paredes estaban sucias por sustancias de diversos colores. Justo en frente de la puerta, en la pared del pasillo, había una flecha dibujada en la pared, que me aconsejaba ir hacia la derecha. ¿Sería una trampa? Pensé que ese alguien que había puesto eso, me podría haber matado y no tomarse esa molestia. Si había hecho eso es porque quería mostrarme algo. Mis nervios fueron intensificándose a medida que caminaba por ese lóbrego corredero. Mis piernas temblaban, mis escasos dientes tiritaban y mi respiración se entrecortaba por momentos. Al final, pude ver una mesa. Me acerqué más y, para mi sorpresa, comprobé que en ésta únicamente había un plato de plástico con unos cuántos frutos secos. El hambre que tenía me impidió poner alguna pega, y comencé a devorarlos. A medida que iba comiendo, me di cuenta de que estaban especialmente duros. Yo apenas tenía tres dientes (se me empezaron a caer al tiempo de meterme de todo). Esto hizo que al masticar me fuera lastimando poco a poco las encías, hasta el punto de sangrar. El dolor pasó de ser de incómodo a insoportable en cuestión de segundos, así que paré de comer. Volví a gritar, frustrada e impotente. Me comencé a pellizcar, a golpearme las piernas y la cabeza, deseando despertar de ese mal sueño. Después de unos minutos, me repuse y seguí andando. Doblé la esquina aterrorizada y comenzaba otro pasillo, aún con peor aspecto que el de antes. Después de andar un par de minutos apoyada en la pared con paso inseguro y tambaleándome, llegué a una especie de báscula. Ésta era extraña, porque justo en frente de ésta colgaba de un cordel una jeringuilla con un cartelito que ponía “heroína”. Era justo lo que necesitaba, un buen chute. La jeringuilla estaba colocada a unos tres metros y me era imposible alcanzarla. Sin saber qué hacer, me subí a la báscula y, rápidamente, 
la jeringuilla bajó a unos cuarenta centímetros de mi mano. Estaba a punto de alcanzarla, pero con mi peso no era suficiente. Una persona normal hubiera podido conseguir bajar lo suficiente el objeto, pero mis ridículos cuarenta y cinco kilos me impedían llegar a él con normalidad. Salté, pero cuando me despegué de la báscula la jeringuilla volvió a subir hacia arriba velozmente, para volver a descender al tiempo que caí. Lo que antes era terror se había convertido en una ansiedad enfermiza. Mi instinto me invitó a pensar cómo podría cargar con más peso, y rápidamente se me ocurrió cargar con la pequeña mesa que sostenía el plato con los frutos secos. Corrí lo más rápido que pude y comprobé que, para mi desgracia, la mesa estaba fijada al suelo. Traté de arrancarla, pero todo esfuerzo era inútil. Comencé a sudar, el corazón me latía con fuerza y notaba que me iba a salir disparado. Fui a la sala en la que me desperté, pero estaba cerrada. Por más golpes que di, no conseguí abrirla. Imaginé que solo se podía abrir desde dentro. Volví sobre mis pasos y, después de intentarlo unas cuantas veces más, seguí caminando con los sentidos alerta.

Después de andar unos minutos por pasillos nauseabundos descubrí que cada vez estaban menos iluminados. Me sobresalté ruidosamente al toparme con algunas ratas, las cuales se quedaban fijas mirándome desde los laterales de la pared. Llegó un punto, en el que, prácticamente, andaba en la oscuridad. De repente, me encontré con una puerta, la cual no estaba cerrada del todo. Asomaba una tibia luz en el interior y se escuchaban ruidos desde dentro. Había alguien ahí dentro. Me fui acercando lentamente, intentado calmarme para silenciar mi respiración. No sabía a que estaba dispuesta, ni de lo que sería capaz. Logré asomarme por la rendija de la puerta y observé a alguien encapuchado viendo fotos. Casi me caigo hacia adelante al comprobar que en esas fotos aparecía yo. Eran fotos tomadas diez o doce años atrás, cuando aún no consumía drogas. Aparecía en una con mi madre en un parque, otra con mi amiga Sonia en el parque de atracciones y otra con un viejo ligue. Mi mente me trasladó, alejándome de aquella situación, a aquellos tiempos en los que todo parecía funcionar. Era una muchacha despistada con un gran vacío en mi interior. Recuerdo que era muy insegura, aún más que ahora. Parecía que había pasado mucho más tiempo del que en verdad había transcurrido, drogada pierdes la noción del tiempo. Era evidente que esa persona me estaba esperando ahí, de lo contrario no habría señalizado el camino hasta su habitación. De modo, que agarré el pomo lentamente y empujé la puerta. Ésta apenas chirrió, pero fue suficiente para que aquel individuo se girara. Al hacerlo, comencé a retroceder incrédula. Tropecé con mis propios pies y caí de espaldas al suelo. Aquella persona era yo. Iba con el pelo algo más largo de lo que lo llevaba ahora, pero no cabía ninguna duda. Ella se esperaba mi visita, así que no se sobresaltó. Me miraba seria, en silencio, directamente a los ojos. Le pregunté con voz temblorosa quién era, qué se proponía hacer y por qué lo hacía. No contestó. En vez de eso, se giró, agarró un objeto de una estantería y se volvió a girar con una pistola. No me lo podía creer, estaba luchando contra mi mente para intentar buscar un sentido a todas las incoherencias que me saturaban, pero no encontraba ni una sola respuesta. Por primera vez, miré a mi alrededor. A penas había dos muebles en el amplio habitáculo, una lámpara y algunos libros apiñados en una esquina. Volví a mirarme a mí, asustada, suplicando que me hablara. Entonces, ella me apuntó a la cabeza y se mantuvo unos instantes. Yo no tenía fuerzas para levantarme, de hecho no tenía fuerzas para gritar ni llorar un segundo más. Estaba derrotada, hundida, presa de un sinsentido abrumador que me consumía desde el mismo momento en que desperté hacía un rato. Era el peor mal sueño de todos, una película de terror donde yo era la protagonista. Me encontraba enfrente de mí misma temblando como un flan. Sin más, mi otra yo, que no apartaba la vista de mi rostro, derramó una lágrima. Ésta recorrió su mejilla y acabó cayendo al suelo. Su rostro seguía impasible, sereno y seguro. Me dedicó levemente una sonrisa, con mis finos labios. Y disparó.

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