dimarts, 18 d’agost del 2015

El fin del aguante


Ignacio sirvió su vigésima tercera cerveza de la mañana. Ya había encargado a Mari Paz hacer diez bocadillos y había puesto tres “baqueritos” a tres valientes. El bar estaba hasta arriba. Unos cuantos albañiles enérgicos charlaban fuera con sus cigarrillos. Dentro todas las mesas estaban ocupadas. El ambiente general del establecimiento estaba lleno de pequeños sub-ambientes, lleno de conversaciones triviales y de vital importancia, pasionales y burocráticas, a mayor o a menor volumen, públicas y clandestinas… En cualquier caso, se respiraba vida y chismorreo. Algunas veces Ignacio envidiaba el no poder acercar más la oreja para enterarse más o incluso participar en algún debate efervescente en el cual tenía algo que decir. Sin embargo, sus años de experiencia le habían enseñado a mantenerse en sus asuntos al otro lado de la barra.
Se encontraba abriendo una caja de leche cuando Camilo abrió la gastada puerta de madera de la entrada y se sentó en un taburete, no menos gastado. Éste gastaba un atuendo decente aunque algo arrugado. Su rostro tenía una expresión apagada, sus ojos trasmitían cansancio y sus movimientos eran lentos y suscitaban pesadez. A pesar de todo, forzó una sonrisa a Ignacio.
-¿Una copita de vino podrá ser?
-Faltaría más. ¿Te pongo Borsao?
-Ese mismo.
Camilo esperaba el vaso con impaciencia. Cualquiera que le estuviera mirando con un poco de atención podía apercibirse de que el hombre había ido a beber. A pesar de todo, cuando Ignacio le sirvió, Camilo inició una conversación sin apenas catar el vino.
-No me digas Ignacio lo bien que te va el bar. Hay que decirlo todo, hombre. Buenos precios y buenas tapitas, éxito asegurado ¿eh?
Entonces miró la televisión, encendida como de costumbre, en frente suyo. El expresivo presentador del telediario hablaba con efusividad de un partido.
-Y esperemos que nos dure, que uno trabaja como un mulo para algo. Pero bueno, ya sabes cómo va esto, el día que esto cierre quitaremos todos los cuadros y vendrá el siguiente.
-Ya te digo, con todo lo que has invertido en este lugar. Dinero, tiempo, esfuerzo… esta es tu casa. Piensa en la vida que le llevas dando durante todos estos años. Dime tú a mí quién te puede decir a ti que te marches de aquí –dijo Camilo antes de beber un buen trago.
-Mira, yo te digo algo, nadie debería tener derecho a quitarnos lo que hacemos nuestro. Dime tú donde se toman sus cafés de por la mañana los trabajadores, donde almuerzan los albañiles, donde ven el fútbol o pasan algunos el rato si no es aquí… ¿En el Ovidio? Por favor, ese no sabe ni hacer una tortilla de patatas. Es ridículo. Sólo por la labor social que hace este bar tendría que permanecer siempre aquí.
-Estoy contigo, ponme otro vasito anda.
-En fin, mira las modelos de Victoria Secret –señaló Ignacio mirando a la tele-. ¡Cómo están las tías! Por cierto, ¿tú estás ocupado con alguna? Date prisa, que te estás haciendo viejo y feo.
Camilo pegó una carcajada cómplice, dando a entender que no tenía a nadie.
-Bueno, aún nada. Con la mujer esta que venía antes por aquí al final nada. Le entró el remordimiento por engañar al marido. Así que en esas estamos. Pero no te preocupes por mí, sé satisfacerme solo.
Ignacio se quedó mirándolo de reojo mientras iba dibujando una animada sonrisa.
-¡Hombre, yo también! ¡No te jode!
Camilo mantuvo la mirada en la barra y no compartió la efusividad de Ignacio. Sin embargo, no se expresó ni dijo nada más al respecto. En lugar de eso se bebió todo el contenido del vaso.
En ese momento apareció en las noticias la desaparición de Marta, una joven de dieciséis años. Nadie sabía nada de ella desde hacía treinta y nueve días. El padre acudía de vez en cuando al bar de Ignacio para vomitar toda la rabia e impotencia que tenía en su interior. Esto hizo que Ignacio viviera esa desaparición como algo personal, ya que, además, él tenía una hija, Clara, de esa misma edad.
-Otro día más. Me quitan a mi hija y me vuelvo loco… Pobre Miguel, lo que está padeciendo. ¡Qué cobarde hay que ser para hacer eso a un ser tan vulnerable!
-Qué catástrofe… y con lo guapa que es la niña. Si tuviera yo una hija andaría con mucho ojo con ella. Luego dicen que si las protegen demasiado…
Ignacio no compartía la opinión de Camilo.
-Bueno, con dieciséis años ya tienes dos dedos de frente. Yo conozco a Miguel y es un buen padre, lo que pasa es que también la gente joven pide su espacio. Y si algún cabrón se propone hacer esta mierda, lo va a hacer antes o después…
-A mi hija le daría consejos y todo eso, Ignacio –insistía Camilo. –Hay clases de defensa personal básica.
Ignacio empezó a cabrearse ante la falta de sentido común de su acompañante.
-No digas tonterías, joder. ¿Me estás diciendo que Miguel es el responsable de esto o qué? ¿Qué estás diciendo? Yo a mi hija no la he apuntado a ninguna clase de esas, ¿estoy siendo mal padre? Es muy fácil decir eso cuando no se puede tener hija y no puedes demostrarlo.
Al momento de decir esto, Ignacio supo que se había traspasado. Intentó disculparse rápidamente.
-¡Joder! Discúlpame, pero…
-No, tienes razón. No pasa nada, lo superé hace tiempo- aseguró Camilo mientras señalaba otra copa.
En ese momento Miguel entró en el bar. De repente, bajó el volumen de las mesas y se escucharon algunos murmullos. Ignacio salió de la barra y le colocó la mano en el hombro.
-¿Cómo estás? ¿Se sabe algo más?
Miguel mostraba un rostro demacrado. Los ojos estaban hinchados y enrojecidos de llorar, llevaba una barba larga y descuidada, y sus arrugas se acentuaban con fuerza. Parecía que para él habían pasado diez años en esos treinta y nueve días. Bajo el brazo tenía un montón de fotocopias con la cara de su hija con un pequeño texto debajo.
-Están interrogando a los vecinos de la Calle de la Paz. Poco más. Ponme  un café, haz el favor.
-Ahora mismo, Miguel.
Ignacio prensó el café y lo encajó en la máquina. Un caliente y oloroso café bañó la pequeña taza que aguardaba impaciente. Poco a poco, el barullo ambiental recobró su volumen habitual.
-¿Quieres hablar? –preguntó Ignacio al servirle.
Miguel dirigió su mirada cansada lentamente hacia él. Intentó simular comprensión, pero su lenguaje corporal gritaba que lo dejaran en paz, que había ido a allí para aislarse. El espabilado camarero se percató rápido. Aunque no pudiera parecerlo, con este asunto tan turbio se habían hecho buenos amigos. Que ambos tuvieran una hija de la misma edad era suficiente motivo para serlo.
Mientras, Camilo mantenía la vista en el espejo. Apretaba la mandíbula, la embriaguez de vino le gustaba tanto como le repudiaba. Por un lado, le producía un delicado bienestar, una flotabilidad acompañada de un cosquilleo que lo mantenía lúcido. Sin embargo, le hacía pensar demasiado.
En ese momento, volvieron a poner en la televisión noticias de Marta. Ignacio dudó entre cambiar de canal o dejarlo. Optó por hacerse el sordo.
-Con lo buena que era… -dijo Miguel entre dientes mirando a la barra. –Con el corazón que tenía, que a todo el mundo le caía bien…
El afligido camarero escuchaba en silencio mientras limpiaba unas tacillas de espaldas a la barra. Miguel parecía que hablaba para sí mismo.
-¿Por qué, Dios mío? ¡Qué injusta es esta vida perra! ¡Que se me lleven a mí y me entierren! Pero a mi Marta que la dejen en paz… Tiene que vivir tantas cosas aún... ¿Cómo pueden decir que hay alguien allí arriba? ¡Cómo puede existir tanto dolor!
Mientras, Camilo bebía y bebía. Ignacio se dio la vuelta y observó que tenía los ojos llorosos. Desde luego, la historia de Miguel y su hija te rompía en mil pedazos el corazón. Daban ganas de salir corriendo a la calle y levantar hasta la última piedra para encontrarla.
En ese momento, Camilo avisó con la cabeza a Ignacio. Sin lugar a dudas, había bebido mucho vino. Los pocos movimientos que hacía eran torpes y vacilantes. Pese a todo, su mirada conservaba una extraña convicción e intensidad.
-Ignacio, tengo que decirte algo. No puedo aguantar más –dijo convirtiendo sus palabras en un llanto silencioso.
-Se acabó el Borsao, que hay que ver las que pillas Camilito –respondió el camarero sorprendido por el drama que arrastraba su acompañante.
Justo en ese momento, una reportera informó que había novedades acerca del caso de Marta. La mayor parte del bar se volvió al televisor y se creó un momento de expectación. Ignació subió el volumen del televisor.
“…Según informan los investigadores del caso, hay un testigo que afirma haber visto a Marta Abellán, la joven desaparecida desde hace algo más de un mes, acompañada de otra mujer en las afueras de la ciudad. Según informa el testigo, el perfil de esta chica adolescente encaja con las imágenes de la desaparecida…”.
Camilo interrumpió silenciosamente a Ignacio reclamando su atención.
-Espera un segundo Camilo, que no me entero.
En estos momentos, la policía está tras la búsqueda de la sospechosa. Iremos informando a medida que nos vaya llegando la información”.
Miguel se había limitado a mantener fija la mirada en el televisor, con gesto derrotado e inexpresivo. Por lo visto, todo le sonaba a lo mismo. Era la viva imagen de un hombre agotado y sin esperanza.
Se disponía a levantarse para pagar cuando Camilo dio un golpe sobre la barra que montó tal estruendo que hizo enmudecer a todo el bar. Ignacio, movido por el sobresalto, exclamó:
-¿Pero qué cojones estás haciendo? ¡Se te va la puta cabeza!
Camilo, con los ojos rojos, con una mano en el bolsillo y mirando fijamente a Miguel dijo:
-Calle de Santa Teresa, número 10, puerta 4, habitación de la derecha.
Miguel comenzó a mirarlo lentamente. El bar estaba totalmente mudo. Camilo sacó disimuladamente una pistola UPS del calibre 46 y la colocó en su sien.
- Calle de Santa Teresa, número 10, puerta 4, habitación de la derecha. Aún está viva.

Sin más, un estruendoso disparo resonó en el bar de Ignacio ante los gritos de pánico del personal. Mari Paz, que en ese momento salía con su undécimo bocadillo de la mañana, quedó completamente salpicada por la sangre de aquel borracho.

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