divendres, 7 d’agost del 2015

 Yo, me, mi





Enrique no supo cuando iba a volver a casa, así que comenzó a meterse de todo en la mochila: cacahuetes, sándwiches preparados, plátanos, manzanas y un trozo de pizza de la noche anterior, envuelto en papel de plata. Se lavó la cara y luego se echó esa crema exfoliante, que parecía no ayudar a evitar que su nariz dejara de tener puntitos negros, pero le hacía sentirse guapo de buena mañana. Contempló un segundo su pequeño apartamento. Observó que estaba especialmente desordenado y sucio, incluso más que de costumbre. De repente miró el reloj, si no se apuraba perdería el autobús de y cuarto. Comprobó que llevaba suficiente dinero y salió de casa de un portazo. Bajó las escaleras de tres en tres, aún con la tostada en la garganta. Se cruzó de pasada con la señora Cintia.

-Buenos días, Enrique. Voy a ver si compro unas acelgas y zanahorias, que voy a hacer un hervidito para comer. 


-Discúlpeme, señora Cintia, pero llevo mucha prisa –y aceleré el paso, mientras me pareció escuchar el sonido del autobús a punto de doblar la esquina. 


Mi forma física se había ido deteriorando lenta y dolorosamente ante la falta de tiempo y ganas de hacer cualquier ejercicio físico. Me gustaba pensar que era por el tiempo, más que por las ganas. Mi trabajo de comercial para una empresa de productos electrónicos me exigía mucha dedicación durante todo el día. Persuadir compradores potenciales (así llamamos en el gremio a los clientes con los que es posible realizar grandes transacciones), realizar innumerables visitas y cerrar tratos consumían gran parte de mi energía, de modo que al llegar a mi piso, ya caída la tarde, apenas podía meter una pizza precocinada en el horno. 


A pesar de mis limitaciones físicas, logré unirme a tiempo al grupo de personas que esperaban impacientes en la parada. Pagué mi billete y, dado que apenas había un par de asientos al lado de un fiestero que volvía a casa y un indigente y solo tardaría quince minutos en llegar, me apoyé en el reposabrazos junto a la ventana. Por desgracia, me vio un compañero de la empresa que me caía fatal, Tomás, el cual me saludó ruidosamente. Era el típico chulo que no tenía ningún talento especial. Él mismo se sobrevaloraba y la prepotencia que desprendía me ponía nervioso. Por algún extraño motivo, parecía que yo le caía bien, y no dudaba en acercarse a mí para contarme sus aburridas e incoherentes historias. Tal vez por algo de esto, no lograba mantener un nivel de ventas aceptable (lo cual hacía que, maléficamente, me hiciera sentir bien) y se mantenía en la empresa, simple y llanamente, porque el jefe era íntimo amigo de su padre. 


-Hace una buena mañana ¿eh? –comenzó diciéndome, aún en voz alta -. Es una mierda que tengamos que estar entre cuatro paredes. Pero bueno, con un poco de suerte conseguiré tener que ir a visitar a un cliente. 


-Yo deseo cerrar un acuerdo con los cines Delta –dije sin poder evitar el tono de regodeo. 


-A mí me ha fallado a última hora uno que tenía prácticamente cerrado. Te lo juro, el tío se echó para atrás porque los teléfonos Sony que pedía no los tenían en rojo… Cuando me lo dijo no me lo pude creer. 


Yo estaba mirando por la ventana, sin esforzarme demasiado en que Tomás se diera cuenta de que no me importaba demasiado lo que me contaba. 


Por fin llegamos al lugar de trabajo, un imponente edificio de trece alturas con cristales metalizados. Afortunadamente, la parada del autobús en la que nos dejaban estaba prácticamente en la entrada, así que di rápidamente esquinazo al pesado de Tomás. Tomé el ascensor y, al entrar, me topé con Yolanda, una encantadora dependienta que me había rechazado por lo menos diez veces. Su trasero traía locos a todo el edificio. En ese momento, intenté mirarme disimuladamente para comprobar si daba un aspecto decente. 


-Hola Yolanda, otro día más aquí –dije mientras le dirigía una sonrisa. 


Ella me sonrió y miró a la puerta del ascensor. 


-Espero que se pase rápido. Hoy me he levantado con algo de dolor de cabeza – confesó. 


-Yo esta noche me daré un buen homenaje y cenaré en el restaurante d´Angelo – dije sin saber realmente si iba a ir. Supongo que intentaba dar a entender a Yolanda que solía hacer planes divertidos espontáneamente, y así llamar su atención. 


- A mí me encanta ir a cenar al chino, de vez en cuando. Miento, me encanta llamar a los chinos, que me traigan la comida a casa y ver la tele –y se rió descaradamente, con un gesto que parecía tener fuertemente automatizado. 


Al llegar a la quinta planta me bajé solo, no sin antes dedicar una sugerente mirada a Yolanda. En el fondo, sabía que nunca tendría nada con ella, pero tenía la rara manía de mostrarme disponible y dispuesto siempre que estaba a su lado. 


Ya había varios compañeros en la oficina y algunos me hicieron una señal con la mano a modo de saludo. De repente, comenzó a instalarse en mi cabeza el olor de cada día, ese turbio y denso olor a moqueta gastada. El primer día me pareció curioso, actualmente me costaba un mundo tolerarlo. Por si fuera poco, llegado el medio día la gente comenzaba a traspirar y era verdaderamente molesto compartir espacio con ese techo tan bajo. 


Durante el transcurso de la mañana mi estado de ánimo se fue trastocando. Mi cliente de los cines Delta recibió la noche anterior una suculenta oferta de otra compañía y, pese a mis intentos de rebaja, comencé a plantearme que, finalmente, acabara desechando mi oferta. Por si fuera poco, me derramé todo el café en los pantalones y tuve que soportar algunas bromas relacionadas con el aguante de mi vejiga. 


Bajé a comer con Ricardo, que tenía su escritorio enfrente del mío. A pesar de no acabar de conectar con los compañeros de la oficina, Ricardo siempre se mostraba correcto conmigo. Era de esas personas rectas que sólo piensan en hacer bien su trabajo y volver a su casa con la sensación del deber cumplido. Comimos, en la cafetería, unos macarrones con algunos trozos de carne que se dignaron a poner. 


-Mañana me han dado el día libre –aseguró Ricardo echándose la cerveza de la lata a un vaso de plástico. 


-Yo estoy quemado, colega. Un acuerdo que parecía cerrado está a punto de venirse abajo por la competencia. 


-Vaya. A mí me pasó algo parecido el mes pasado, aunque logré cerrarlo por pesado –dijo Ricardo con una leve sonrisa. 


-Joder tío, entre esto y lo de la semana pasada no acabo de atravesar el bache. Voy a ir a hacer una visitilla ¿sabes?, a ver si puedo conseguir salvarlo –dije mientras me levantaba acabándome mi Coca Cola desventada. 


-Yo iré a contactar con unos clientes al este de la ciudad. Suerte. 


Y nos fuimos, con la sensación de que cada vez nos gustaba menos nuestro trabajo. 


Cogí el sucio y gastado metro y en menos de veinte minutos me planté en el centro comercial. Los cines Delta eran bastante demandados por la zona, ya que, por lo visto, gozaban de cómodos asientos, amplias salas y grandes pantallas. Sobre estas últimas debía negociar con un tal Armando, el jefe de las salas. No me fue muy difícil encontrarlo, dado que se encontraba en la puerta principal fumando un cigarrillo con un guardia de seguridad. 


Traté de convencerlo de la calidad de nuestros productos, la profesionalidad de nuestros instaladores y de la seriedad de la empresa, en general. Nada sirvió. Armando me escuchó con atención y, con toda la educación del mundo, me explicó que ya había llegado a un acuerdo con la otra compañía y que ya estaban encargadas todas las pantallas que se precisaban. Me argumentó que nuestras pantallas no llegaban a la resolución de las otras, y que la relación de contrastes 100.000:1 machacaban los 20.000:1 de nuestras Pioneer. También me aseguró, seguramente por cumplir, que se pondría en contacto conmigo cuando necesitara alguna otra cosa. Le tendí la mano derrotado y me largué. 


De camino a casa, metido en el metro, comprobé que mi olor corporal era similar al que tanto criticaba de mis compañeros de trabajo. Mi camisa blanca estaba amarillenta por la parte de las axilas y no pude evitar el deseo de llegar rápidamente a casa. Estaba tan frustrado por el día que seguramente me fuera a la cama sin cenar. 


Por fin llegué al desgastado patio de mi edificio y entré. Llamé al ascensor y mientras bajaba, un hombrecillo, al que nunca había visto antes, entró también por la puerta del patio. Por tanto, subimos juntos. 


Mi acompañante rompió pronto el silencio de la pequeña estancia. 


-Le veo a usted muy decaído –comentó mirándome mientras me dirigía una simpática sonrisa. 


-No se equivoca. No se puede decir que haya tenido un buen día –aseguré mientras observaba los zapatos del hombrecillo. Rondaría los setenta años, pero se le veía en forma y feliz. Me fijé en que tenía un tatuaje de un barco en el brazo, algo disuelto entre las arrugas de la piel. 


-Pues debería usted animarse ¿sabe?, lo que hoy nos puede parecer tan dramático, en unos días serán recuerdos que podrá aprovechar para que no se repitan algunas cosas ¿Tiene familia? 


-Vivo solo. No tengo apenas tiempo para mí, así que para atender a una mujer ya ni le cuento –conforme pronuncié estas palabras me di cuenta de lo triste que estaba siendo mi vida. Vi, entonces, mi trabajo como una espiral negativa que anulaba otras cosas que podrían ser también importantes para mí. 


-Vaya, debe de tener un trabajo agotador… ¿Puedo preguntarle a qué se dedica? 


-Soy agente comercial para una empresa de productos electrónicos, en general. Hoy no he podido cerrar un acuerdo que nos iba a portar muchos beneficios. No hay nada que me fastidie más que trabajar al cliente, visitarlo, darle todas las facilidades, incluso que éste se muestre convencido y que se vaya todo al garete por una oferta similar de otra compañía. Encima te consuelan con la mentira de que te tendrán en cuenta para la próxima. ¡Qué morro que tienen! 


De repente, noté una sensación extraña y, lo mejor de todo, supe interpretarla. Era la primera vez en mucho tiempo (no sabría recordar desde cuándo) que se estaban interesando por mí. Estaba contando algo a alguien que sabía que le interesaba, no solo porque me lo hubiera preguntado, sino por sus muestras de interés aparentes. Era una sensación maravillosa, lo que estaba diciendo no caía en saco roto, calaba en alguien. Eso me hizo plantearme mis conversaciones de todo el día. 


Con la señora Cintia, de buena mañana, habíamos intercambiado unas frases hablando sólo de nosotros mismos, de nuestras intenciones. Con Tomás, Yolanda, Ricardo y Armando había pasado exactamente lo mismo. Mi discurso únicamente hablaba de mí, apenas tenía en cuenta lo que me contaban y lo peor de todo es que lo tenía totalmente asimilado como normal y podría pasarme la vida así, mirando sólo mi ombligo. Los pensamientos iban cobrando cada vez mayor magnitud. Tal vez por el egoísmo mío y el que me rodeaba no tenía pareja, tal vez el tiempo no fuera una excusa. Por eso quizá el piso estaba hecho un desastre, por eso con nadie me llevaba especialmente bien y no recibiera más que una camisa de regalo de Navidad de mis padres. Me entraron ganas de saber si Ricardo tenía hijos o si a Yolanda le gustaba el café para ir a tomar uno ¿En qué diablos había estado pensando? 


Casi habíamos llegado al quinto piso, cuando entendí que ese hombre, sin quererlo, me había abierto los ojos. El pobre contempló mi dilema interno y me preguntó si me encontraba bien apoyándose ligeramente en mi hombro. Todo tenía sentido, mi vida egoísta me había convertido a mí en el personaje principal, principalmente porque no había más personajes. 


Me volví hacia el pequeño hombrecillo y, sintiendo que el corazón me volvía a latir, dije con una sonrisa que no hacía falta disimular: 


-No se preocupe caballero, ahora con usted al lado me encuentro mucho mejor. Dígame, ¿Por qué se ha hecho ese tatuaje?

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